miércoles, 27 de noviembre de 2013

La abuela preocupada

Era una mañana más, como todas las otras de la semana laborable. Esperaba el colectivo, escondiendo mi sueño y mi resignación a la jornada detrás de los anteojos de sol. De repente, desde atrás, alguien me tocó la espalda; era una abuela, con su pareja a un costado.

–Se te va a caer la botellita… –me dijo, refiriéndose al agua que llevaba en uno de los bolsillos exteriores de la mochila. En efecto, más de una vez se me fue al piso.

–Está sujetada y la estoy mirando –respondí, con una sonrisa de agradecimiento por su preocupación.

–¿Y por qué no la guardás adentro de la mochila?

–Es que está fría, y me mojaría las carpetas y el libro.

–Ah… –aceptó frustrada–. Pero se te va a caer…

–No sería la primera vez –acepté y me di vuelta, tratando de cerrar la conversación.

De alguna forma, lo admito, las preocupaciones de los viejos ponen a prueba mi paciencia, aunque sea consciente de que detrás de ellas puede haber las mejores intenciones. Sin embargo, a veces, pienso que más que solidaridad hay una rabia de imponer una verdad, una razón.

Mientras consideraba la crueldad de mi sentir, tratando de alejarme de la anciana porque me molestó su comentario e insistencia, advertí que su marido la tironeó hacia la calle con la mayor velocidad posible que era la equivalente a una tortuga. Ni siquiera llegaron a levantar la mano para detener al colectivo que aguardaban; miré la cara triste de la abuela y pensé que, a veces, por distraerse con otros uno puede complicarse a sí mismo. Y, encima, en vano.

martes, 27 de agosto de 2013

Como los bueyes

Fue un sábado, o domingo al mediodía, en el shopping de Liniers. A veces, con mi mujer, elegimos comer en McDonald´s o en Burger King; quisiera ser un tipo que se alimenta sanamente, con vegetales, frutas y agua mineral, pero soy todo lo opuesto. Y si mi hígado y mi estómago lo permitiesen, mi dieta consistiría en asado, cerveza y budín de pan mixto a diario.

El patio de comida era un hormiguero y conseguir una mesa, aunque sea para dos, era una misión complicada; había una señora, con bandeja repleta en mano, que recorría acá y allá buscando dónde ubicarse. No obstante, nosotros tuvimos suerte y encontramos lugar, y pudimos arruinar nuestro organismo con la chatarra del rey de la hamburguesa y sus papas fritas y gaseosas y aderezos.

Una vez terminado el almuerzo, mi vista volvió a cruzarse con aquella mujer que caminaba alrededor de todo el lugar mirando adónde sentarse; sentí mucha pena de ella y su comida ya fría, y le hice un ademán para que viniese a nuestra mesa. Cuando se acercó, nos agradeció pero nos dijo: “No estoy buscando dónde ponerme, sino a mi mamá que se me perdió”.

Yo me reí, pensando que era una situación graciosa. Sin embargo, ella me hizo entender que no había nada de chistoso: “Está grande, y suele desorientarse. Estoy preocupada, la comida ya se arruinó”. Y continuó dando vueltas, avizorando adónde podría estar su madre.

Con mi mujer hicimos lo propio, a pesar de no saber cómo era la mujer a la que buscábamos. Y no tardamos ni cinco minutos en ver a una señora mayor sola, sentada en una mesa vacía de comida, mirando al piso con resignación. Enseguida, nos miramos y coincidimos en un comentario sin hablar: “Es ella”. Era parecida, tenía las mismas facciones y la misma mirada tierna. Nos acercamos y le pregunté: “¿Usted vino a comer con su hija?”. Ella respondió que sí, y la acompañamos hacia su encuentro.

La mujer revivió al verla llegar y nos agradeció una y otra vez. Yo también me sentí feliz: la comida, entre madre e hija, costumbre de todos los tiempos, no se había arruinado. Al contrario, había sumado una divertida anécdota sobre la que reír.

domingo, 29 de julio de 2012

Las cosas se aprenden de chico

Hace algunos meses cumplí años y Elina me hizo el mejor regalo que recibí en mucho tiempo: una docena de cervezas importadas, la mayoría de ellas porrones aunque había dos de medio litro. Las botellas eran hermosas, con sus diseños y colores y palabras extranjeras y raras para mis ojos; había envases españoles, alemanes, portugueses, uruguayos, bolivianos, suizos y más. Apenas recibí el maravilloso obsequio, quedé embobado mirando tanta cosa hermosa y toda para mí. Esa, justamente, fue mi primera reacción: toda esa cerveza la tomaría yo solo, en ocasiones especiales. Sabiamente, mi mujer protestó: "Tenés que compartirla, ¿o no te lo enseñaron en el jardín?". Ella no me lo decía para obtener una porción de mi tesoro, ya que no le gusta la cerveza. Sin embargo, la ignoré por completo, con mis sentidos dedicados solo a embriagarme en mi posesión más preciada.

Pasaron los días y las botellas se convirtieron en un adorno más de mi casa, como si se tratasen de autitos de colección; de vez en cuando las miraba sin pensar jamás en beber una. Si las tomaba, pensaba, ya no estarían más allí y las perdería para siempre. No obstante, una noche llegué del trabajo y tras cruzar la puerta me recibió mi mujer con su cara de que había hecho una cagada; enseguida, supliqué perdón esperando enterarme de qué había arruinado y advertí en sus manos una de las botellas de medio litro: "Se te venció", me avisó. Era una cerveza artesanal española. Entendí entonces que debía comenzar a beber o finalmente no disfrutaría ninguna y de qué me había valido el mejor regalo del mundo si no lo supe aprovechar. Ayudándome, mi mujer pasó la mitad de las botellas a la heladera. Y, posteriormente, una vez por semana las fui consumiendo, embriagándome de placer en esos sabores extraños e inéditos para mi paladar acostumbrado a nuestra Imperial.

Hace poco fue el Día del Amigo, y en la previa al asado que compartiría con mis amigos pensé: ¿y si llevo mi tesoro para que ellos también prueben? Seríamos tres en total y me quedaban cuatro botellas. Orgullosa, mi mujer aprobó mi idea, viendo que tarde pero temprano había aprendido aquella lección del jardín: hay que compartir. Grande fue mi sorpresa y alegría al advertir que disfruté más de la cerveza boliviana que me tocó a mí al ver que mientras tanto mis amigos se relamían uno con una cerveza española y otro con una alemana. De alguna forma, haber hecho algo para provocar efímeras felicidades en ellos me reconfortó mi egoísta corazón. Además, convenimos en darnos a probar un trago de cada una entre los tres y nadie se quedó sin conocer ninguno de aquellos sabores foráneos que tantas ganas de viajar nos provocaron.


Anoche destapé la última cerveza, una alemana. Me di cuenta que Elina me regaló muchas de Alemania; no es para menos, si hablamos de cerveza. Advertí que era la que más me había gustado de todas. Era una ocasión especial: estaba escuchando el nuevo disco de Las Pelotas. Y miraba a través de la ventana, de noche, los autos ir y venir y las estrellas y las luces y los balcones y las veredas solitarias de allá a lo lejos. Sin embargo, recordé que disfruté más aquella cerveza boliviana que tenía sabor a cualquiera de las nuestras y todo porque las estaba compartiendo con mis amigos. ¿Y con quién podría haber compartido esta cerveza alemana de ahora, mientras escuchaba a Germán Daffunchio? El cielo oscuro me dio la respuesta: hubiese dado todo por tomarla junto a mi abuelo. Si habremos bebido cerveza juntos, mientras vivió. Él sí habría disfrutado como niño como yo el mejor regalo del mundo. Él, como nadie, me hubiese dado la mayor alegría de compartirle mi tesoro y saborearlo juntos. Cuántas veces bebió conmigo, antes que fuera a un recital de Las Pelotas. "Pasala bien", me despedía con una sonrisa. Recordé la enseñanza de la película "Hacia rutas salvajes". Y la entendí mejor. A tu salud, abuelo.

martes, 31 de enero de 2012

La paciencia de la araña

Llegué a casa a las tres y media de la mañana, después de disfrutar de uno de los grandes placeres: comer vacío, directamente de la parrilla, con amigos. Es como que tiene otro sabor cuando cortás un pedazo de carne sobre el carbón y enseguida lo estás comiendo, al costado del calor del fuego, sobre un plato de madera, parado.

No tenía sueño; si hubiese sido por mí, nos habríamos quedado tomando cerveza y escuchando Iron Maiden un par de horas más. Pero la mujer de uno de los muchachos lo requirió y, tres hijos mediante, es motivo valedero para suspender todo y acudir al llamado de la familia. El resto, medio desanimado, quiso ir a la cama.

Prendí la televisión y me tiré sobre el sillón, a ver qué podría hacerme compañía hasta que llegara el sueño perdido. De repente, algo se movió en las cortinas, al lado de la pantalla; busqué qué era y la vi: una araña, rápida, de patas flacas y largas, peluda. Horrible, temeraria. Debía matarla o ella haría lo propio con mi mujer, cuando la viera por ahí, moviéndose como si nada por nuestra casa; mi amor, a todo esto, estaba durmiendo como un angelito en la habitación. Y mientras tanto, la peor de sus pesadillas, tranquila sobre nuestras cortinas. Si la aplastaba contra la tela, enchastraría todo y mi mujer en vez de gritarle a la alimaña lo haría a mí; mejor la hago caer al suelo y la liquido a pisotones, me dije. No obstante, el plan no resultó: apenas me moví, la araña desapareció por el lado reverso de las cortinas; sacudí las telas y nada, se había esfumado. Revisé el techo, las paredes, el sillón, el suelo, la televisión, la mesa ratona y las cortinas otra vez. Nada. Me consolé pensando que quizás se había ido por el mismo lugar por el que había entrado; sin embargo, en verdad, sabía que estaba en algún lugar de la casa, bien escondida. Y, para peor, proyecté que sería descubierta en algún momento por mi mujer y sus gritos se escucharían desde el otro lado del océano. Sobre la pantalla, una pareja tenía sexo; sentado en el sillón, no me imaginaba desnudo en mi casa jamás.

Al día siguiente, constantemente miraba las cortinas y todo lo que las rodeaba, buscando la intrusa; sin embargo, ningún rastro de ella. Debía acostumbrarme a su presencia oculta, a pesar de la culpa que me generaba ocultarle a mi mujer la situación y saber que la exponía a una aparición horrorosa; no obstante, peor sería decirle la verdad y que estuviera, como yo, pendiente de que de un momento a otro saltara sobre nosotros una bola de patas y pelos y antenas y baba. El final del día llegó y ninguna señal había surgido; tal vez, me ilusioné, sí se había ido para siempre de nuestro hogar.

Sin embargo, la próxima noche, mientras mirábamos una película acomodados en el sillón, completamente a oscuras, repentinamente mi mujer dio un grito y se sacudió, como quitándose un bicho de encima. Enseguida, prendí la luz y agarré una ojota; intenté calmarla, mostrándole que no había nada, mintiéndole que habría sido fantasía suya ese roce. No obstante, yo sabía bien de qué trataba todo esto: la intrusa se había cansado de esperar en las sombras, su paciencia se había acabado y decidió hacer su aparición final, presta a devorarnos y quedarse con nuestra casa. ¿Dónde estaría? Comenzó a darme picazón en la cabeza, la cara, los brazos, las piernas; me palmeaba suavemente allí, para no asustar a mi mujer, aunque acaso la araña no me estaría picando pero al menos la alerta y el temor a ello me perseguían. Tenía que quedarme a solas con ella y batirnos a duelo mortal, no tenía otra alternativa. Convencí a mi mujer de continuar mirando la película en la habitación; le dije que me esperase allí, que iba al baño e iría junto a ella. En realidad, lo que hacía era preparar el escenario para la batalla final.

Comencé a buscar aquí y allá, a mover esto y aquello, gritando sin voz a mi enemiga que saliera, que se presente para la pelea, que no sea cobarde. Pero no había caso y la lucha parecía como la de personaje de película contra un rival de poderes de aparición y desaparición, de hombre invisible, de espíritu, de fantasma. Mi mujer me reclamaba; corrí al baño y desde allí le grité que ya iba. Comencé a lavarme los dientes. Súbitamente, ocurrió: levanté la vista para ver mi boca en el espejo y lavar sus piezas y advertí sobre mi hombro izquierdo la peor de mis pesadillas, mirándome fijamente a los ojos a través del vidrio y su reflejo. Desafiante, paralizada, en guardia, como proponiendo que sea un duelo para que gane el que disparara primero. No podía creer lo fea que era: sus patas eran más largas y flacas de lo que me figuraba, y sus antenas y sus pelos más grandes, y la baba y los ojos más temerarios. Tenía que actuar rápido y esta vez sin dudar; no podía permitir que se escapara otra vez. ¿Y qué hacer? Solo una idea me cruzó la mente en segundos: matarla con un manotazo, apretujándola contra mi remera. Fugazmente consideré que ello provocaría un enchastre en mi ropa y, además, que debería manosear a semejante bicho inmundo. Pero, así y todo, actué: con tenacidad y veloz, tiré la mano sepultadora y apreté fuerte y cerré los ojos. Recobré la visión, levanté mi mano y vi sobre ella el cadáver deformado de la araña; sobre mi hombro, habían quedado dos de sus patas.

Mi mujer volvió a preguntarme qué estaba haciendo; tiré la alimaña muerta al inodoro y apreté el botón, puse la remera a lavar, me lavé las manos una y dos veces. Triunfante, me miré con una sonrisa al espejo y fui al encuentro de mi amada. Una hora después, ella descubría en mis piernas unas ronchas; preocupada, me dijo que algo me había picado. Y, entonces, le dije una última mentira piadosa: sí, fue un mosquito, había uno en el baño pero quedate tranquila que ya no está más. En verdad, las erupciones rojas en la piel son muestras de que fuiste una digna enemiga, araña. Y este silencio que prosigue es a tu honor.

viernes, 20 de enero de 2012

Atrapar el agua

Fue una gran tristeza descubrir, de chico, que por más intentos que hiciera no había forma de atrapar el agua entre mis manos; acomodara las palmas y los dedos de esta u otra manera, inevitablemente el líquido se escurría hacia el piso. Pero lo acepté, y lo que más me dolió fue que el aprendizaje lo hice con el agua que más cariño me despierta: la del mar, la salada, la sucia, con arena, burbujas y espuma. Ahí, paradito, en cuero, con un simple short a cuadros vistiendo mi corta estatura y mi flaco cuerpo de nene, en algún verano de hace varias décadas terminé de asumirlo.

Son días de nostalgia, de melancolía. No sé qué será y parece que no podré saberlo, pero la tristeza me está abrazando por detrás y no puedo sacármela de encima; como si se tratara del orangután más forzudo, me pasa un brazo por la nunca y me amenaza de apretujarme el cuello hasta asfixiarme si no hago lo que ella quiere. ¿Y qué es lo que me pide? Que recuerde mis ayeres y las personas del pasado que hoy son como fantasmas pero entonces fueron todo para mí; esa gente que durante años y años fue la dueña de tu corazón, y de golpe y porrazo te das cuenta que décadas después no son más que un recuerdo. Y para peor no sabrías explicarte bien por qué las cosas se dieron así, ¿por qué fue precisamente que salieron de tu vida? Hablo de un mejor amigo, de una novia, de una amiga de la que estabas enamorado, de una amiga que estaba enamorada de vos. De eso hablo. ¿Dónde están, adónde se fueron? ¿Nunca les dijeron que era de mala educación irse sin decir chau? Y dar la posibilidad de ser retenidos, que todavía hay tiempo para un café, una cerveza más.

A veces pareciera que hubiese sido mejor que nunca hubieran pasado por mi vida esas personas. Y es que ahora todo lo que tengo de ellos es un maldito vacío insoportable que nada ni nadie pueden llenar. Y fotos y cartas y risas y miradas y palabras y charlas y veredas y sillones y plazas y playas y veranos que me persiguen desde la memoria con sus visiones y perfumes tiernos, amorosos, dulces. Pero que enseguida se esfuman y me dejan acá, solo, con el vacío. Esas cosas son una maldición; quisiera tener el valor para romper las fotos y las cartas, y veredas y sillones y plazas y playas; aunque si así lo hiciera ¿cómo haría para destruir las risas y miradas y palabras y charlas y veranos? Todas están alojadas en mi mente, en mi alma, en mi corazón. Y hasta tienen más fuerza que el orangután más forzudo. Son invencibles.

Descubro ahora, de grande, que es una gran tristeza aceptar que por más intentos que haga no hay forma de volver atrás y recuperar al mejor amigo, a la novia, a la amiga de la que estuve enamorado, a la amiga que estaba enamorada de mí. No hay manera ni de vivir otra vez con ellos todas esas fotos y cartas y risas y miradas y palabras y charlas y veredas y sillones y plazas y playas y veranos. No hay forma, ni yendo al pasado ni proponiéndoselo hoy. Ni soñándolo mañana. Solo queda ir a la orilla del mar otra vez, paradito, en cuero, con un simple short a cuadros vistiendo mi estatura y mi cuerpo gordo de hombre. Ir ahí, tratar de atrapar el agua otra vez, y asumir que de eso se trata.

martes, 4 de octubre de 2011

Inexplicable

Hay muchas cosas que nunca comprendí, todas ellas por ignorancia. Y, también, por una necia y tenaz preferencia por lo fantasioso, infantil como explicación de las mismas. Hablo de por qué un pájaro vuela; de todo lo que vuele, en realidad, un ave y un helicóptero. También me refiero a las conversaciones telefónicas y a las bondades de la nafta que hacen que un automóvil se traslade a cientos de kilómetros. Tanta es mi ignorancia y mi gusto por la idiota imaginación que donde hay razones naturales y trabajos del hombre, pongo una fuerza que descansa en el centro del mundo y administra todas las energías que existen como mago con billones de varitas, empujando al pájaro para que vuele y dándole al cielo la densidad precisa para soportar un avión; llevando de un lado a otro del cable lo que una persona le dice a otra por teléfono y soplando la nafta para darle la bendición mágica que necesita para hacer que los autos vivan. Pienso que me divertiría mucho conversando con nenes, pidiéndoles explicaciones sobre todas esas cosas que sorprenden a las personas cuando niños. Debería tener un amigo pequeño, para que me enseñe, para que me recuerde lo bello que es el asombro, la inocencia, la fantasía, la explicación maravillosa.

***

Recuerdo, aunque fue hace más de diez años, cuando te conocí. Algo, no sé qué, vibró fuerte muy fuerte dentro de mí; como un despertador, o como un detector de metales preciosos, de esos que usan algunos tipos para encontrar objetos de valor perdidos en las orillas de las playas. Sí, eso fue: el detector del amor que llevo metido en la zona del pecho se alborotó para advertirme que eras la cosa más perfecta y bella que conocí y podría conocer, así recorriera todos los países con sus ciudades más populares y sus sitios menos habitados. Tus cabellos negros largos y desprolijamente lacios, enmarcando tu rostro de ángel, blanco, rosado, tierno, con tus dientes preciosos y tu boca rosa y roja, con una lengua privada, reservada para un príncipe de cuentos que no existe sino en libros. Y tu ropa sencilla sobre tu cuerpo de tesoro, tan sutilmente diseñado por el maestro que modela las personas, una divinidad que no escatimó en generosidad para determinar tus atributos de arriba y de abajo, de izquierda y de derecha, y hasta del medio. Fue verte por primera vez y creer en el amor a primera vista y saber que de ese momento en adelante sólo tenía una razón para vivir: besarte.

***

No comprendo un montón de cosas; ya lo confesé, soy un completo ignorante que apenas si sabe cuál es su nombre. Después de haberte conocido, sumé algo más a la lista de cuestiones que no entiendo. Un suceso que, increíblemente, sólo yo debo preguntarme porque el resto, aunque tampoco lo entienda, no se lo consulte porque así como yo soy una ignominia para el saber todos son unos dormidos, que en vez de pensar en cosas como estas andan preocupados con el trabajo, la facultad y el partido del fin de semana. La cosa, en resumen, es que me pregunto a diario cómo es posible que una mujer dueña de tanta pero tanta belleza como vos, que sin dudas fue la que inspiró a Borges a escribir alguna vez que hay una multitud de hermosura en una hembra, cómo es posible que no estés sentada en el trono de la reina del mundo. Y a quien diga que hay otros valores, mejores, que harían de otra mujer la indicada, yo les protesto. ¿Qué valor? ¿La decencia? Dolina, no yo, lo dejó muy en claro: no hay nada más decente que la belleza. Y vos, preciosa, tenés toda, todísima la decencia del mundo. Y no comprendo por qué no abriste todavía la puerta del castillo con una patada y te sentaste en el trono que el destino erigió para vos. No tengas más temor, ni inseguridad; el mundo es tuyo. Y si no me creés, mirate al espejo y sonreí.

domingo, 11 de septiembre de 2011

De todos los tiempos

En "Contrapunto", la novela que Aldous Huxley publicó hacia 1928, se retrata con la maestría propia del autor diversas situaciones que enseñan a los componentes de la sociedad occidental de aquella época. Aunque, en algunos casos, los sucesos no son exclusivos de la primera parte del siglo pasado sino de todos los tiempos; es el caso, por ejemplo, del siguiente pasaje: Walter Bidlake se sube a un taxi con Lucy Tantamount, salen de una fiesta y van hacia otra; él, en verdad, quiere llevarla a otro lugar, donde puedan tener intimidad. Ella es una femme fatale; él, periodista y escritor, intenta engañar a su esposa con ella, la dueña de todas sus fantasías.

-¿Qué hay? -dijo Lucy, cuando Walter se sentó a su lado en el coche. Parecía lanzar una especie de desafío-. ¿Qué hay?
El coche arrancó. Walter le cogió la mano y la alzó a sus labios. Era la respuesta al desafío.
-Lucy, yo la quiero. Eso es todo.
-¿Me quiere usted, Walter? -Se volvió hacia él y, cogiendo su cara entre sus dos manos, lo miró intensamente, en la semioscuridad-. ¿Me quiere usted? -repitió, y al hablar meneó lentamente la cabeza y sonrió. Luego, inclinándose hacia adelante, le besó en la boca. Walter la rodeó con el brazo; pero ella se desprendió-. No, no -protestó, y se echó de nuevo hacia su rincón-. No.
Walter obedeció, separándose de ella. Se hizo un silencio. Lucy llevaba perfume de gardenias; cálido y dulce, el símbolo perfumado de su ser lo envolvió. "Debí insistir -pensó él-. Brutalmente. Debí besarla otra y otra vez. Forzarla a que me amase. ¿Por qué no lo he hecho? ¿Por qué?" Walter no lo sabía. Ni por qué lo había besado ella, salvo que fuese sólo para provocarle, para hacer que la deseara más violentamente, para hacerlo más rendidamente su esclavo. Ni por qué, sabiendo esto, la amaba todavía. "¿Por qué? ¿Por qué?", continuó repitiéndose. Y, como un eco sonoro de sus pensamientos, Lucy habló de pronto.
-¿Por qué me ama usted? -preguntó desde su rincón.
Walter abrió los ojos (...).
-Eso es lo que yo acaba de preguntarme -respondió-. Y me decía que mejor me hubiera sido no hacerlo (...).
Walter le gustaba. Había algo en él muy lindo. Además era inteligente, sabía ser un compañero agradable. Y por fastidiosa que fuese, su enfermedad amorosa lo hacía al menos muy fiel (...). Walter le servía con una fidelidad perruna. Pero ¿por qué tenía a veces aquel aire de perro bajo el látigo. Tan servil. ¡Qué imbécil! Lucy se sintió súbitamente irritada por su servilismo.
-Walter, Walter -dijo en son de burla, poniendo su mano sobre la de él-. ¿Por qué no me habla usted? 
Él no respondió.
-¿O es que hay que callarse? -Los dedos de Lucy rozaron eléctricamente el dorso de su mano y se cerraron en torno a su muñeca.- ¿Dónde está su pulso? -preguntó al cabo de un momento-. No lo encuentro -y buscó sobre la piel suave las pulsaciones de la arteria. Walter sintió el contacto de las yemas de sus dedos, ligeros, temblorosos y un tanto fríos, contra su muñeca-. Me atrevería a afirmar que no tiene usted pulso -dijo ella-. Me parece que tiene usted la sangre estancada. -El tono de su voz era despectivo. "¡Qué imbécil!", pensaba Lucy. "¡Qué imbécil y qué abyecto!" -Justamente estancada -repitió, y de golpe, con súbita malignidad, le clavó en la carne sus fuertes uñas aguzadas a la lima. Walter dio un grito de sorpresa y de dolor-. Usted se lo ha merecido -dijo ella, y se echó a reír en su cara.
Walter la asió por los hombros y comenzó a besarla frenéticamente. La cólera había exacerbado su deseo; sus besos eran una venganza. Lucy cerró los ojos y se abandonó muellemente, sin resistencia. Un hormigueo de placer anticipado cundió a través de su piel con una especia de aleteo pánico, como el de las alevillas. Y de pronto, dedos aguzados parecieron tocar, pizzicato, las cuerdas de sus nervios; Walter sentía todo su cuerpo conmovido involuntariamente entre sus brazos, conmovido como si hubiera sido lastimado de pronto. Mientras la besaba se halló ante la interrogación de si ella habría esperado que reaccionara de aquel modo a su provocación, de si lo habría deseado. Walter cogió su frágil cuello entre sus manos. Sus pulgares estaban sobre la tráquea. Oprimió suavemente.
-Un día -dijo él con sus dientes cerrados- la voy a estrangular.
Lucy no hizo más que reír. Walter se inclinó y besó su boca riente. El roce de sus labios sobre los de ella hizo cundir por todo el cuerpo de Lucy una sensación fina, aguda, que era casi dolor intolerable. Las alas de la avelilla en pánico se agitaron sobre todo su cuerpo. Lucy no había esperado de Walter aquellos ardores tan fieros y salvajes. Se sintió agradablemente sorprendida.
El taxi entró en Soho Square, aminoró la marcha, se detuvo. Habían llegado. Walter dejó caer sus manos y se separó de ella. Lucy abrió los ojos y le miró.
-¿Qué hay? -preguntó en son de reto, por la segunda vez aquella noche. Hubo un momento de silencio.
-Lucy -dijo él-, vayamos a otra parte. No aquí, no a este terrible lugar. A cualquier parte donde podamos estar solos -su voz temblaba, sus ojos imploraban. La fiereza había desaparecido de su deseo; de nuevo se había hecho perruno, servil-. Digámosle al chofer que siga -suplicó él.
Ella sonrió, meneando la cabeza. ¿Por qué imploraba él y de aquel modo? ¿Por qué era tan servil? ¡El imbécil, el perro bajo el látigo!
-¡Por favor, por favor! -suplicó él.
Pero habría debido ordenarlo. Habría debido, simplemente, dar la orden al conductor, y tomarla nuevamente en sus brazos.
-Imposible -dijo Lucy, y descendió del coche.

martes, 23 de agosto de 2011

Mi papá es un héroe

Ahora que vivo en San Bernardo las cosas cambiaron, para mí. Principalmente, porque volví a trasladarme sólo de dos formas: a pata o en bicicleta. Caminar por el pueblo, tan vacío, saludando paisano a paisano que voy cruzando de vez en cuando me reconforta, pero andar en bicicleta es mucho mejor, con los rulos que se me vuelan de acá para allá y los perros que me persiguen cuando voy por la playa y me quieren morder los pies o las ruedas; las piernas se cansan de una u otra manera, pero qué agotamiento tan lindo el físico cuando el mental está tan descansado que sólo tiene espacio para la aceptación del final de todo, o de nuestra circunstancia humana de pasajeros. Ya lo cantó Germán Daffunchio: no hay que vivir fingiendo, la cosa es al revés, cuando sólo somos pasajeros en este show.

***

Me encontré un perrito, en el muelle. Se me hizo amigo enseguida; es chiquito, no debe tener un año todavía. Era tan fuerte su llamado de cariño que no pude resistirme a acariciarlo y hacerle compañía un rato. Lo voy a visitar seguido, a partir de ahora. Siempre con comida por supuesto, así le arranco un poco de alegría; a diferencia del resto de los muchos perros que andan por ahí, él es muy flaquito y, tal vez, necesite ayuda para conseguir alimento.

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No tardé en hacer un amigo: el mozo del lugar al que voy siempre a comer. Me trae el diario, me pone fútbol en la tele, me da doble ración de las empanadas de entrada de gentileza y, también, me invita el cortado del final. Y, apenas me ve llegar, saca una Quilmes de la heladera. Sabe que soy un borracho sin remedio.

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No sólo volví a patear y a andar en bicicleta; también regresé a un hábito fundamental: jugar a los videojuegos. Aunque ahora están distintos; la mayoría son de bailar como chino con descarga eléctrica encima, de tirar tiros con ametralladoras que son casi reales, de patear penales, de jugar a la Play Station y de no sé qué cosa más. Quisiera probar el de bailar, pero me da verguenza; siempre está lleno de chicos y chicas que bailan mejor que John Travolta y de hacer el ridículo ya estoy un poco cansado. Me gustaría tener una de esas máquinas en casa, practicar día y noche y después ir y demostrar cómo se hace.

De cualquier forma, lo bueno es que atrás de todo, escondidos, sucios, aún encendidos por inercia acaso o como gentes en coma, están los viejos y queridos videojuegos tal como los conocí; el Mortal Kombat, el Virtual Soccer, el Wonderboy, el Tetris y el Street Fighter. De inmediato, compré fichas e hice lo que solía: un mundial con Colombia en el Virtual Soccer 2. Y, ficha más ficha menos, terminé ganando incluso al Sega Team en la finalísima. Valderrama, Asprilla, Valencia, Serna, estaban todos los héroes de mi equipo tal como los dejé hace años.

A la salida, me paré a ver cómo una chica jugaba con su mamá a una máquina especial: la que está repleta de ositos de peluche, de los más hermosos del mundo, y hay que sacarlos con una garra de metal que se mueve según se le ordena con una palanca que está por encima de ellos; se aprieta un botón, una vez decidido dónde se quiere que agarre, y la garra baja, se cierra y sube hasta el jugador con aire o con un osito. La chica probó con varias fichas; lo más cerca que estuvo fue cuando logró atrapar un caballito pero no llegó hasta ella, ya que no fue sujetada por la garra con la precisión necesaria y se cayó al mar de ositos.

Acá tendría que estar mi papá, pensé. Y es que recordé aquella tarde, hace muchos pero muchos años, en la que estábamos en los videojuegos y le pedimos un osito de peluche de la máquina. Mi papá, después de ver cómo todos intentaban pero no lo lograban, puso la ficha, apuntó, apretó el botón y ¡agarró un osito! No lo podíamos creer. Le pedimos otro; volvió a sacar uno. Y le pedimos otro, y otra vez atrapó uno. Y así y así durante largo rato. Todos dejaron sus juegos y se acercaron para ver al genio de la máquina de ositos. Estaba sacando tantos que la cajera nos dio una bolsa para empezar a guardarlos; era una de consorcio, la única que tenía. Todavía nos recuerdo hoy, a mis hermanos y a mí, incrédulos contemplando la bolsa de basura más linda de todas, rellena de casi veinte ositos de peluche de los más hermosos del mundo. Todavía nos recuerdo hoy, a mis hermanos y a mí, felices de festejar algo que todos deberían poder sentir: mi papá es un héroe.

jueves, 9 de junio de 2011

Mi mejor amiga, mi hermana

Virginia es una chica que da gusto conocer, porque te recuerda que a pesar de lo que parece todavía quedan personas como ella: rollingas, de pura cepa, con el flequillo inamovible, las topper de lona, los jeans celestes y una lengua stone en la campera, en la mochila o en donde sea. Y siempre, pero siempre, hablando del Indio Solari; Virginia puede estar tres horas sin cesar hablando de aquel recital en Salta y sus treinta y ocho horas de viaje con todo el viento que entraba por los miles de agujeros de ese micro más viejo que la injusticia; puede justificar de una y mil maneras, a veces con más expresiones que palabras, por qué el Indio es el más grande de toda la historia, y mientras lo hace los cachetes se le ponen rojos y los ojos le brillan y se agita y le falta la respiración; puede quedarse hasta las seis de la mañana escuchando Los Redondos y tomando cerveza. Tiene mucho aguante. A ella no le gusta la tecnología; en realidad no es el típico caso de renegado que se hace el diferente porque no usa celular ni Internet, sino que simplemente no le interesa. Y tampoco la entiende. A Virginia le alcanza con una esquina, un casete del Indio y una birra. Y su mejor amigo. Virginia siempre está hablando de su mejor amigo, y cuando la escucho nombrarlo no puedo evitar sonreírme porque ella ya está grande pero así y todo todavía tiene un mejor amigo. Ezequiel se llama; una vez le pregunté, curioso. Me lo imagino un buen pibe. Virginia es amiga de mi mujer. Mi mujer tiene la suerte de tener una amiga así.

***

Cuando iba a la escuela me interesaba mucho por la cuestión de tener un mejor amigo. Yo quería ser el mejor amigo de un chico que era el mejor jugador de fútbol y del que gustaban todas las chicas del aula. Y lo había logrado, aunque debía compartirlo con otro amigo. Éramos sus dos mejores amigos, nos había prometido que en igualdad de importancia. Había un chico que quería que yo fuera su mejor amigo; él siempre se traía una latita de Pepsi de la casa para tomar en los recreos y era la envidia de todos, porque en el kiosco de la escuela sólo vendían Coca y por supuesto todos queríamos tomar de eso diferente. Él aprovechaba su tesoro y me dejaba el cuarto final de su latita, todos los días, a cambio de que yo le dijera que era mi mejor amigo. Yo tuve un mejor amigo de verdad más de grande; pasábamos todos los días juntos, cada vez que quedábamos libres de nuestras cosas. Sin embargo, repentinamente, comenzó a alejarse de mí sin darme ninguna explicación, lenta pero inevitablemente se apartaba; yo me daba cuenta pero ante mis preguntas él me evadía y me hacía creer que no era así. Finalmente, hoy hace años ya que no cruzamos ni siquiera una palabra por teléfono. Su voz y su risa son un recuerdo que trato de no olvidar, porque a pesar que dejó por siempre una herida abierta en mi corazón con su alejamiento sin explicaciones nunca dejé de quererlo.

***

Hace ya dos años que sabía que de un momento a otro Chiqui se moriría. Chiqui, la perra que desde hace trece años me acompaña, con sus cincuenta kilos y su manto negro de ovejera alemán, sus ojos húmedos y su lengua besuqueira, sus ladridos intimidantes ante cualquiera que osara acercárseme sin intenciones claras. Me lo indicaba su constante cansancio, su falta de ganas de tomar y comer, sus caídas, su adelgazamiento, su expresión de dolor. Y el tiempo, porque trece años para un perro tan grande, con un pasado de callejero, son una carga que termina por vencer. En los últimos días, era desgarrador verla tirada sin mover ni un músculo; a lo sumo se arrastraba un poco, como para comprobar si aún continuaba con vida. Era desgarrador pasar cada momento sintiendo que eran las últimas charlas, las últimas caricias. Me persigue el recuerdo de sus últimos quejidos, de sus últimas palpitaciones. Me agobia la tristeza de saber que jamás volveré a caminar junto a ella por el barrio, asustando a perros, gatos y vecinos. Haciéndoles saber que conmigo, cuando voy con Chiqui al lado, no se jode. Me destruye la certeza de que nunca podré volver a recostarme a su lado y acariciar sus pelos y ver cómo me hace sentir que ese momento es el más feliz de todos para ella. Chiqui fue mi mejor amiga, mi hermana. Fue tan solo una perra, que por supuesto no hablaba, no me daba consejos. Tan sólo comía y quería jugar, y quería estar conmigo todo el tiempo. La extraño tanto, a tan pocos días de no tenerla más a mi lado. Y no puedo dejar de llorarla. Jamás podré. Te amo, Chiqui. Estas lágrimas por tu ausencia lo demuestran. Ojalá me visites en mis sueños. Te voy a estar esperando.

lunes, 9 de mayo de 2011

Eso era, la simpatía

Quisiera tener la elocuencia de Víctor Hugo Morales, y que mis pensamientos fluyan de mi boca como lo hace el agua cristalina a través de una cascada desconocida, sobre tierra y piedras llenas de soledad, años y magia. Quisiera poder explicar mis pobres razonamientos y sentimientos fácilmente, recurriendo a esta y esa referencia de la literatura, el cine, la política. Quisiera que todo lo mejor que pueda decir surgiera cuando lo necesito, rápida pero ordenadamente; en ese preciso instante en que tengo y quiero decir algo. Pero siempre mi mejor expresión llega tarde, cuando el receptor ya olvidó mi existencia y, por supuesto, nuestra conversación. Quisiera poder explicar, por ejemplo, mi particular gusto por ciertos artistas u obras de arte como lo hizo Thomas Mann cuando escribió su novela "La muerte en Venecia":

"Para que cualquier creación espiritual produzca rápidamente una impresión extraña y profunda es preciso que exista secreto parentesco y hasta identidad entre el carácter personal del autor y el carácter general de su generación. Los hombres no saben por qué les satisfacen las obras de arte. No son verdaderamente entendidos y creen descubrir innumerables excelencias en una obra para justificar su admiración por ella, cuando el fundamento íntimo de su aplauso es un sentimiento imponderable que se llama simpatía".

viernes, 25 de marzo de 2011

Historia de una fotografía familiar

Tal vez a la persona más fácil de ayudar es aquella a la que no conocemos, justamente porque no sabemos si merece o no nuestro auxilio; sólo sabemos que lo necesita y se lo damos, acaso en parte para reforzar el buen concepto que tengamos sobre nosotros. O quizás por el bien mismo; el bien por el bien mismo. Como el arte por el arte, pero más noble aún. Tal vez, acaso, quizás; no hay seguridades para ofrecer. A veces alguien no nos pide un favor que necesita de nosotros porque sabe que ya le sacamos la ficha de que no nos parece buena yerba y no queremos tenderle la mano; a veces no le pedimos un favor a alguien porque ese alguien no nos parece buena gente y no queremos que nos tienda la mano; aunque ese alguien sea el único que nos pueda ayudar; aunque sea casi de vida o muerte. Mejor morir de pie que arrodillado, dicen y tienen razón.

***

Nos sucede, a los que nos gusta ayudar, encontrarnos con ocasiones que piden auxilio. Y de absolutos extraños. Un ciego o una abuela para cruzar la calle o parar un colectivo, o levantar algo del suelo. Hace poco, miraba hacia el mar cuando ya se había ido el sol, cuando ya hacía frío, cuando ya casi no quedaba nadie. Estaba sentado ahí en ese lugar que usan los bañeros para custodiar las aguas; un poco más arriba veía mejor, y hasta que pensaba mejor. De repente me concentré en la siguiente situación: una numerosa por demás familia quería una fotografía todos juntos; la ocasión pedía un fotógrafo voluntario de por ahí y yo tenía todos los números; entonces, comenzó un debate entre mis ganas de ayudar y mi vergüenza de ofrecer mis servicios ante un grupo de quince personas, para lo que hubiese sido necesario pedir la palabra golpeando una copa de tan eufóricos y divertidos que estaban. Sin embargo, uno de los jóvenes de la familia tuvo la idea de usar la opción de fotografía automática: lejos de la orilla, donde todos ya se habían puesto en pose, apiló paletas y tejos sobre una silla con buzos y remeras. Luego apuntó, calculó, acomodó, apretó y salió corriendo a reunirse con el resto, que lo alentaba en su carrera como la mejor hinchada que se conociera, gritando y aplaudiendo. No obstante, el fotógrafo detuvo su carrera enseguida al ver que la cámara se cayó del improvisado trípode. Nuevamente, era mi momento: debía ofrecerme; incluso sentí que alguna tía y algún padre me miraban como recriminando mi pasividad. Pero entonces no fue la vergüenza la que me lo impidió sino otra cosa: pensé que esa imagen valdría más para la familia si lograba sacarla por las suyas, uno haciendo y los otros apoyándolo. Creí que esa fotografía, así, tendría un color más. Otra vez, el muchachito acomodó la cámara, la acarició, como pidiéndole un favor, tomó carrera, apretó el botón y comenzó la carrera como si en esa carrera hacia su familia se le fuese la vida; los otros, por cierto, reiniciaron el alboroto de griterío y aplausos para que llegara el que faltaba para completar el cuadro; éste voló con los pies hacia adelante tirándose al piso y quedó en perfecta ubicación, acostado debajo de todos, de costado, con los brazos abiertos. La cámara tomó la imagen para el recuerdo, que grabó caras de alegría y triunfo. Y yo, mientras disfrutaba el momento, me quedé pensando que, al menos una vez, tomé la decisión correcta. Porque, a veces, se ayuda simplemente dejando hacer.

sábado, 5 de febrero de 2011

Los comensales

—Hoy tengo ganas de comer asado, che.
—A mí me gustaría pizza con cerveza.
—Asado y un buen vino tinto.
—Bueno, está bien, vos ganás. ¿A qué parrilla vamos?
—La última vez, la semana pasada, le caímos a Enrique. Podríamos ir de nuevo.
—¿Y a lo de Sebastián? Hace rato que no vamos.
—Es que la última vez que comí en lo de él me fui embroncado; el chorizo, quemado; el vacío, crudo; el asado, pura grasa.
Un joven se acercó a Medero y Fontana, que estaban parados en una esquina, a un par de cuadras de la Estación Liniers, y les preguntó cómo hacía para llegar a la cancha de Vélez. Ya eran casi las nueve de la noche.
—Sí, a mí tampoco me gustó. Pero lo bueno de Sebastián es que no le molesta invitarnos. Enrique es un miserable, se nota que nos recibe de mal gusto— apuntó Fontana.
—Es verdad... pero me tiene sin cuidado que se enoje: de buen o mal humor él, nosotros morfamos de novela lo mismo.
Fontana festejó la conclusión de Medero con una carcajada.
—¡Qué poco movimiento de gente hoy!— comentó Medero.
—¿Y si vamos a lo de Luis? Si le caemos sobre el cierre, tipo doce, nos da lo que le quedó que siempre es muy bueno.
—Pero habría que ir hasta Floresta.
—Villa Luro.
—En diez, quince minutos estamos.
—Y también habría que hacer tiempo...
Se mantuvieron callados unos instantes.
—El desayuno estuvo buenísimo— afirmó Fontana.
—Sí, Manuel tiene una mano bárbara para las facturas. Además no nos escatima: le mangueamos ocho facturas y nos da la docena completa, siempre. Un fenómeno el gallego.
—Mate con facturas, escuchando la radio, adentro del coche. Es mi opción preferida.
—Mañana podríamos ir al bar de Julián; le sacamos un par de café con leche con medialunas, ojeamos el diario.
—¡Ah, me olvidé de contarte! Le agregaron mesas y sillas a la panadería Santa Julia, para desayunar o merendar ahí. Tenemos que ir.
Repentinamente, se levantó un viento fuerte y frío. Enseguida, ambos entraron al auto.
—Los panchos del mediodía estuvieron más o menos— dijo Fontana.
—Y... yo no esperaba otra cosa. ¿A cuánto los están vendiendo? Me pareció ver que dos pesos. Muy barato.
—Igual que no sean caros no quiere decir que sean malos.
—Por lo general sí.
—Pasa también que en las pancherías tratamos con empleados.
—A veces no sé qué es mejor.
—¿Qué hora es?
—Faltan diez minutos para las diez.
Medero encendió el coche.
—¿Ya salimos?— preguntó Fontana.
—Sí, quiero morfar ya. Vamos a lo de Enrique.
Fontana preguntó si prendía la sirena; su compañero le contestó que por supuesto. Ambos rieron. Desde una vereda, un nene, que paseaba a su perro junto a su padre, los observó rápidos como rayo.
—¡Mirá, papá! —exclamó— ¡La policía va a atrapar a un ladrón!

martes, 4 de enero de 2011

El cumpleaños de María


Nunca me gustaron mucho las fiestas en salones, ni las de los cumpleaños de quince ni las de los casamientos. Siempre que me tocó ir a una la pasé, desde que entraba, con un ojo en el techo y otro en el reloj, calculando cuánto faltaba para el próximo plato, el siguiente baile, para irme, haciendo fuerza para que todo suceda lo más rápido posible. Me quedó una cuenta pendiente de todos los cumpleaños de quince a los que fui: jamás la homenajeada me eligió para prender una de sus velas, en ese ritual de lágrimas que solía hacerse hacia el final de la velada. Acaso debí ser mejor amigo de mis amigas cuando fui adolescente. Tengo la sensación que, a excepción de los padres, todos los que prendieron una vela, después, desaparecieron por siempre de la vida de las quinceañeras que las elevaron a la categoría de amigas por siempre y hermanas de la vida hasta la eternidad. Tal vez, lo admito, esta idea sea propia del resentimiento que me genera no haber estado en ese lugar de privilegio.

***

Una de las cosas que más me gusta de mi mujer es que no tiene una familia compuesta por centenares de personas; no tiene cincuenta y ocho primos, treinta y dos tíos y diez abuelos que todos los fines de semana cumplen años, se casan o se van a vivir a Europa. Así, los compromisos del estilo se ven reducidos a ninguno. Salvo por alguna que otra excepción, a la que teniendo en cuenta su categoría de excepción no hay excusa que valga. Mi mujer nunca me dice que este domingo al mediodía hay que ir al cumpleaños de la tía Claudia que lo festeja con una raviolada en Pacheco, a la tarde hay que ir a ver el partido de básquet que juega el primito Ezequiel en Temperley y a la noche hay que ir a la obra de teatro en la que actúa el sobrino del abuelo Héctor en San Telmo; por eso, cuando me avisó casi con diez meses de anticipación que su abuela cumplía ochenta años y lo festejaría en un salón de fiestas y debía asistir sí o sí no había forma de negarse; al contrario, considerando el excepcional compromiso, acepté con gusto. Además, como escribió Hernán Casciari, es imposible excusarse ante un compromiso con diez meses de anticipación.

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Conocí a María, la abuela de mi mujer, una tarde de primavera hace un par de años. Ella vive en Lavallol, con su hermana que está media pirucha. Esa vez nos recibió con mucho amor, y con mucha y rica comida: sánguches de miga, masas y alfajores. Sacó fotos de varias décadas de antigüedad, que despertaban anécdotas sin cesar. Una de un locutor del que estuvo perdidamente enamorada y al que escribía cartas apasionadas, que eran correspondidas por él. En ese entonces, noté en los ojos de María un brillo como de llanto contenido que despertó mi curiosidad; unas lágrimas calladas como su corazón que sugerían que ella no decía todo lo que tenía para decir. La advertí dueña de silencios que vaya a saber qué callaban.

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Finalmente pasaron los diez meses y llegó el sábado del cumpleaños de María; antes --en principio una vez cada treinta días y sobre el final una o dos veces por semana-- mi mujer me fue recordando que esa noche no podía asumir ningún compromiso sino el del festejo de su abuela. No era obligatorio pero decidí ir de traje; pantalón de vestir, camisa fina, corbata, saco. Quería estar impecable para la nona; lástima que salí apurado y me olvidé el cinturón, cosa que tiró por la borda toda mi pretendida y desacostumbrada presencia. Llegamos al salón después de un viaje de hora y media; el evento era en su barrio, Lavallol, y nosotros salimos desde Caballito, donde vive la mamá de mi mujer, con quien fuimos. Y su hermana, mi cuñada. El salón era sencillo y los mozos parecían sacados de un túnel del terror de parque de diversiones, pero la emoción de un cumpleaños como este me provocó una percepción de lo más tierna sobre todo; lentamente, caían al lugar viejos muy viejos, con sus nombres y sus estilos del siglo pasado, y la noche se hacía más especial. Como una estrella, María se hizo desear casi dos horas: una vez que ya estábamos todos, el salón totalmente repleto, comenzaron los rumores de que haría su ingreso; rápidamente, se formó una ronda expectante en torno a la escalera por la que surgiría, se apagaron las luces, se soltaron los globos, se empezó a escuchar alguna canción sensiblera y comenzó a dejarse ver, a subir despacio hacia el centro de la escena. Parientes de aquí y allá se peleaban por besarla, abrazarla, decirle feliz cumple. Y ella, por primera vez en la noche, dejó de ser una mujer de llanto contenido y dejó ser lágrimas al brillo de sus ojos.



Rápidamente, comencé a hacer lo que mejor hago: emborracharme. Servían Quilmes, con un frío para el aplauso. ¿Podrá creerse que en un cumpleaños de este estilo hubo problemas de ego por quién se sentaría en la mesa principal? Para colmo, la diva que protestó por tener un lugar al lado de la abuela en vez de hablar con la nona y entretenerla no le dio pelota. Triste, yo miraba cómo María pasaba en silencio los primeros momentos de su noche. Pero por fortuna no tardó mucho en hacer que cada mesa fuese la principal, moviéndose por todas, compartiendo un rato con cada grupo. Y a la diva, fea, la luz dejó de apuntarle.

Había un tipo, que creo que era un vecino, que era igual a Alejandro Urdapilleta; estaba vestido de lo más llamativo, con traje pero en vez de con camisa con una remera roja furiosa que tenía un gran signo de interrogación en el medio. Apenas empezó el baile, no tardó en convertirse en el alma de la fiesta. Gracias a él, por cierto, tuvo lugar un número de canto a cargo de un amigo suyo. Éste cantó algunos boleros y algunos tangos; irrespetuoso, llamó a María a su lado y la miró a los ojos entonándole "Algo contigo". También le cantó "A mi manera". Justamente, "A mi manera" fue la canción que acompañó un video que preparó la familia de la nona, con imágenes de toda su vida; su infancia, su juventud, su adultez, su hoy. El momento de la proyección de este video, sin dudas, fue de lo más lindo de la velada.



Cuando llegó el turno del famoso carnaval carioca, me hallé sentado con un festivo gorro de plástico sobre la cabeza, una copa de champagne en una mano y una matraca en la otra, mirando cómo todos bailaban. En particular, mirando cómo bailaba la hermana de María, esa que está media pirucha y que vive con ella. Había que verla cómo revoleaba la matraca al tiempo que movía el esqueleto y hacía soplar un silbato. Y eso que tiene más de ochenta; debe tener como noventa más o menos. Y tanto me perdí en mirarla, admirar su manera de divertirse que la atraje, porque cuando menos lo pensé la tenía delante de mí, como agitándome, como convocándome a la fiesta, como enseñándome; moviendo delante de mis narices su diminuta y arrugada figura, sacudiendo la matraca en torno a mis ojos, soplando el silbato contra mi cabeza. Dándome una lección de juventud.

***

Le costó a María soplar las velitas; no porque no tuviera aire suficiente sino porque vaya a saber qué pensamientos la paralizaron frente a esos fuegos flacos. Simplemente se quedó meditativa frente a ellas, frente a la torta. Y se resistió a soplar. Aunque ya habíamos cantado como tres veces el feliz cumpleaños, ella no cumplió su parte del ritual. Tal vez no terminaba de decidirse por sus tres deseos. O quizás se dio cuenta como nunca antes que estaba cumpliendo ni más ni menos que ochenta, y le dio miedo. Pero tranquila, María, algo me dice que en diez años mi mujer me estará avisando con diez meses de anticipación que habrá un sábado por la noche que tendré que reservar sin excusas.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Consejos

Mire a su perro a los ojos, fijamente. Preste atención a esa composición misteriosa que tienen esos círculos de color negro, blanco, marrón. Brillosos, húmedos y peludos. Observe con detenimiento esa mueca sincera, ese interior honesto, ese contenido puro que enseñan. Ahora fíjese en los dientes, blancos, filosos; note la relación perfecta, armoniosa que lleva con la lengua. Advierta el largo de esa carne roja y ahogada en saliva, que se desborda inevitablemente de sus fauces y denuncia escandalosamente agitaciones, ansiedades, sedes. Mire esos bigotes, con esas canas firmes. Preste ojos a esas orejas de oso de peluche, grandes y efectivas como si fuesen de un héroe de fantasía. Observe esa nariz dura, con su puntita de textura increíble, con esos dos agujeritos que purifican aire e hinchan y deshinchan pulmones. Levante la mano y --si usted es bueno como perro-- él no temerá sino que esperará con sumisión que, luego, la baje sobre su nariz, sus orejas o sus pulmones y lo acaricie suave y largamente. Huela el olor de su perro. Al igual que los bebés y los abuelos, los perros tienen su olor. Al igual que los bebés y los abuelos, los perros son inocentes. Si usted es bueno como perro, olerá un perfume para el recuerdo. Juegue un poco con su perro, molestándolo: agárrele una pata, agárrele la cola. Un rato y después la suelta, un rato y después la suelta. Dele de tomar agua, dele de comer carne. Llévelo a la plaza. Hágalo correr junto a usted, hágalo caminar junto a usted. Siéntese en algún banco e invítelo a él a tomar asiento también. Preséntele algún perro que ande por ahí. Quédese en silencio, como él, y piense un rato en algo que nadie sabe qué es, como lo que hay en las mientes de su perro. Tírese un rato a su lado, cuando él está descansando. Acarícielo, sobre el lomo. Háblele de sus cosas. Dígale lo mucho que lo quiere. Y alguna noche de borrachera, cuando las leyes se trasgredan y la razón baje armas, acuéstese en su cama y llame a su perro; él acudirá de inmediato y esperará conocer el motivo de la convocatoria. Palmee el colchón un par de veces; su perro saltará feliz y --aún durmiendo como usted-- velerá su sueño como el mejor guardián que jamás haya tenido. Como su mejor amigo que es.



lunes, 13 de diciembre de 2010

La belleza de los puercos queridos

Esa tarde sucedió algo extraño en la rutina del hogar: llegué a casa antes que mi mujer. Entusiasmado, decidí sorprenderla recibiéndola con la cena lista. Con amor, como se debe cocinar, preparé la ensalada como sé que le gusta: pelé dos zanahorias, las corté en rodajas y las herví. También herví dos huevos. Lavé un tomate redondo grande y, lentamente, lo fui dividiendo. Del día anterior, en la heladera, quedaban lentejas que serían el último ingrediente. El plato principal sería filet de merluza, con limón: prendí el horno, puse una asadera con aceite y a cocinarlo. Cuando mi mujer llegó, efectivamente, logré sorprenderla no sólo con mi presencia sino además con el olor a comida lista. Nada como llegar a casa, después de toda la maldita jornada, y que alguien que te quiere te reciba con la comida lista. Como una madre. A veces no nos damos cuenta de lo poco que le agradecimos a nuestras mamás eso, creo. En mi caso en particular seguro: nunca le di las suficientes gracias a mi vieja por recibirme durante tantos años, cada mediodía que llegaba de la escuela, con el morfi preparado. Y la mesa puesta. Y encima uno que, cual Homero, se comía todo a toda velocidad en dos segundos. Tanto trabajo, tanto amor en la preparación para que un animal lo devore en un instante. Sin respirar, sin degustar. Y mirando la televisión. ¿Hay más amor que en aquellos que dan sin esperar, pero de verdad, recibir? Lo hacen porque quieren. Esa noche mi mujer deglutió el filet y la ensalada, y hasta tal vez eructó. Yo, feliz, la observaba con ojos amantes alimentarse.

***

Recuerdo que mi papá solía no almorzar en el trabajo. Lo sigue haciendo, de hecho. Llegaba a casa por las noches fundido, y muerto de hambre. A la hora de la cena, mi mamá repetía toda la labor del mediodía pero para un comensal más. Como un chancho sin haber probado bocado en días, mi viejo se atragantaba con aquellos platos que no le duraban más que segundos. Solía insertarse trozos de comida más grades que el tamaño de su boca, llenarse de restos de aceite y salsa los labios, ahogarse con vino y disparar diferentes y desagradables ruidos de sus fauces. Mi vieja, furiosa, protestaba a los gritos que se comportara como un ser humano civilizado para comer y él, temeroso, pedía perdón y trataba de manejar sin éxito con más cuidado su apetito voraz. En ese entonces, yo estaba a favor de mi mamá: ¿cómo puede ser, viejo, que te comportes de esa manera?, pensaba.

***

Recurrentemente, arribo a casa después del trabajo agotado. Con el peso de un día desperdiciado y la resaca de un viaje de martirio, con la cruz de un día más sin ser y haber "donado sangre al antojo de un patrón por un mísero sueldo", como cantó Claudio O´Connor en Hermética según escribió Ricardo Iorio. Entonces, la comida a veces me dura lo que un suspiro porque llego hambriento como perro. Lo mismo le sucede a mi mujer y a mi hermano. Lo mismo le pasaba, y le pasa, a mi papá. Hoy, que lo advierto, me cambio de bando y estoy a favor de mi viejo, cuando hace años mi vieja le pedía cordura y buenos modales a la hora de la cena. Y, es más, preparo una llamada telefónica: voy a invitar a comer a mi papá a casa mañana. Voy a preparar algo bien rico. O no: simplemente un bife con ensalada, como esos con los que se atragantaba otrora. Vino tinto barato y soda de sifón. Y un poco de pan. Y le voy a pedir que coma como chancho, que se ensucie hasta los cachetes de sangre de carne y aceite y vinagre de ensalada. Que sea ruidoso como puerco. Que me hable con la boca llena. Que se meta carne, ensalada, pan y mayonesa y vino y soda en la boca al mismo tiempo. Y lo voy a mirar, con amor, alimentarse. Bien ganado lo tenés, papá. Buen provecho.

martes, 30 de noviembre de 2010

Un sueño

Antes de quedarme dormido, deseé un sueño maravilloso; hallarme en lugares extraños, cruzarme con gente entrañable y hacer cosas raras. O, al menos, encontrarme en un sitio conocido y vivir algo normal pero teñido por la magia del misterio del sueño. Sabía que mi deseo podía llevarme a una experiencia de miedo, como tantas veces pasó, pero de cualquier forma tenía ganas de soñar algo, bueno o malo, pero soñar algo. Así, pensando en esto o aquello, después de decirle a mi subconsciente que me entregaba a su trabajo, empecé a roncar.

***

Me encontré entre varios puentes, como los que se cruzan en la General Paz o en las autopistas, puentes que se elevaron sobre inmensidades de pasto para llevar autos y camiones de acá para allá. Estaba durmiendo junto a mi mujer, en una suerte de cueva de cemento que se había generado del lado de afuera de uno de los puentes. Estábamos durmiendo ahí para acortar los tiempos que teníamos entre que nos despertábamos y llegábamos a nuestros trabajos; al parecer, razonamos que si dormíamos directamente al costado de esos caminos perderíamos menos tiempo en arrancar rumbo a nuestros yugos. Algo así como evitar ir al baño a ducharse, lavarse los dientes, ponerse desodorante y caminar hasta el colectivo; algo así como directamente levantarse y estar ya en la parada del colectivo. Hacía frío, mucho; teníamos puestas nuestras camperas y dormíamos abrazados. Arriba de nuestras cabezas había un árbol enano, del que colgamos nuestras mochilas.

De repente aparecieron dos policías, mi hermano mayor y un testigo de un robo y golpiza a cargo de un ladrón de la zona. Así como así, en el ambiente aparecieron algunas casas también, todas herméticamente cerradas en esa madrugada sombría y helada. Nos pusimos de pie y como nuevos vecinos de la zona nos informamos de la situación; si alguien andaba robando y golpeando cerca a nuestra nueva cama, tal vez deberíamos volver a dormir en nuestra casa mejor. Por ahí no seríamos víctimas de hurtos y golpes, pero sí de ruidos que harían difícil conciliar el sueño. El testigo era un pibe flaco, de remera gris; era el muchacho que atiene un kiosco por el que paso a diario cuando voy hacia el trabajo. ¿Qué hacía ahí? ¿Y mi hermano mayor? Él sólo miraba todo, simplemente miraba.

Mi vista encontró entre los puentes una suerte de obelisco, en cuya punta había una pequeña superficie redonda; sobre ella, estaba parado un perro grande. El animal miraba hacia al frente y, apenas lo vi, saltó al vacío. Mientras caía, su expresión era de resignado suicida.

Surgió repentinamente el ladrón y golpeador buscado, saltando puentes, saltando todo el tiempo. Vestía un buzo con capucha rojo con alguna inscripción negra. Los policías, con calma y seguridad, nos pidieron que nos apartáramos para hacerse cargo; mi hermano y el testigo desaparecieron tranquilamente de la escena, para siempre. Con mi mujer nos corrimos un poco. Pero rápidamente, y tras apenas un par de certeros golpes, los policías cayeron rendidos. Saltamos desde los puentes, huyendo del temible encapuchado, y aparecimos en una avenida por la que estaba corriendo, también escapando, un grupo de personas. Algunas de ellas lastimadas, ensangrentadas. Nos unimos y, sin mirar atrás, corrimos.

***

Desperté asustado. También contento con mi deseo cumplido. Aunque ahora que lo rememoro protesto porque, al parecer, para mi subconsciente soy un ciudadano más cuya máxima preocupación es la condición de víctima del flagelo de la inseguridad que nos mata a todos a diario, sin que nadie haga nada al respecto, y nos acosa y persigue hasta en los sueños.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Elogio de la rateada general

Voy a hablar mal de una profesora, de cuya hija hablé bien no hace mucho tiempo. Lo que me molesta de ella son sus clases, es decir que podría decirse que todo: llega, saluda, toma asiento, pregunta si estamos listos para empezar, agarra su cuaderno guía y comienza el dictado. Un dictado que dura ni más ni menos que toda la clase y cuyo contenido es exactamente el mismo, pero resumido, que está en los apuntes que conforman la bibliografía de la materia. Jamás ella podrá explicar algo con sus palabras, saliéndose del libreto; siempre versa sobre lo que tiene escrito en su anotador, sin salirse de ese mandato lineal, empleando inevitablemente todos los usos y términos y ejemplificaciones grabados a fuego en su rutina. Hace muchos años que es profesora, y no actualizó nunca ese anotador: todas sus clases, año tras año, siguieron sus líneas. Y sus alumnos, año tras año, pasan las horas simplemente combatiendo al sueño y preguntándose cómo es posible que una profesional de la enseñanza consiguiera el trabajo para el que se preparó y lo use sólo para dictar y dictar y dictar. A veces parece que hasta a ella misma le aburre su estilo; de vez en cuando se le escapa un bostezo o baja a tomar un café; siempre está mirando el reloj y termina con sus martirios varios minutos antes de lo que corresponde. Y, también, suele faltar bastante aunque esta es una costumbre que se agradece.

***

Hacia mediados de año, la opinión pública tuvo como tema la rateada general, que comenzó en Mendoza con tres mil alumnos faltando a clase el 30 de abril. A través de Internet, esos miles de estudiantes de nivel secundario organizaron un faltazo sin antecedentes, que tuvo como destino la Plaza Independencia. Rápidamente, la idea consiguió propagarse a Córdoba, Santiago del Estero y La Rioja; también a Uruguay y, el punto más alto, a nivel nacional el 26 de mayo. Por supuesto, la opinión pública en su abrumadora mayoría condenó duramente la rateada y pidió mando dura para con estos pibes que hacen lo que se les antoja y no respetan nada ni nadie; ni a las instituciones ni a los directivos ni a los profesores ni a sus padres.



En ese entonces, en que el tema era la rateada general, la profesora que provoca más sueño que un Rivotril y que dicta más que enseña, extrañamente dejó de lado la rutina de clase y puso sobre la mesa la problemática sobre la que conversaba la sociedad. Y, de la mano con la opinión mayoritaria, expuso que era una barbaridad que todos los estudiantes del país faltaran a clases porque sí el mismo día y que nada ni nadie pudiera impedirlo; exigió sanciones de parte de directivos y retos de parte de padres. Dijo explícitamente que de un tiempo hasta nuestros días se perdió una medida sana de mano dura y, así, todo es un viva la pepa. Contó que cuando ella era chica a su papá lo trataba de usted y que si llegaba a organizarse con sus compañeras en la cara de su padre y de todos para ratearse se daba por muerta. Los alumnos, mientras escuchaban, le daban la razón y agregaban que además esto que se había generado no era ratearse porque el espíritu de esa picardía era hacerlo a escondidas de las voces de mando y no abiertamente, desafiando, burlando, provocando. Pero a mí me hacía ruido en las mientes tanto discurso de acuerdo con Eduardo Feinmann y Fernando Niembro; sentía simpatía con los adolescentes y su rateada masiva, porque me divertía mucho ver cuánta impotencia le generaba a las autoridades no poder hacer nada. Sin embargo, entonces no pude descubrir por qué simpatizaba con los estudiantes y tan sólo tomé la palabra en la clase para decirle a la profesora que yo no estaría tan seguro de condenar duramente a los alumnos por lo que sucedía y esgrimí alguna argumentación poco elaborada. Me ocurre muy seguido que las mejores respuestas caen a mí uno o dos días después, cuando sólo sirven para lamentarse por no haberlas pensado cuando las necesitaba.



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Ayer venía caminando hacia el colectivo, para irme a casa después del trabajo. Había sido un día difícil: mis superiores habían jugado varias veces su carta de poder para hacerme agachar la cabeza. Y, en esas ocasiones, la impotencia me carcome las tripas y quiero sangre, pero después me calmo. Al menos por ahora. De repente me acordé de las buenas ideas que tiene Flake, no sé por qué, pero así como así recordé cuando me contó de una historia que imaginó de un tipo que iba a un supermercado y agarraba las cosas que veía en los afiches de las calles y se las llevaba sin pagar no por hurto sino porque quería ser feliz y los afiches decían que eso era la felicidad y que era un regalo. Me acordé, antes de eso, en algo que tiene que ver con el asunto: él siempre me decía qué ocurriría si un día los empleados deciden no ir a trabajar. Todos los empleados del país, de todos los negocios. Porque sí. No por reclamar más sueldo, más vacaciones, mejor trato o lo que fuera. Porque sí. ¿Qué pasaría? Flake estaba poniendo sobre la mesa la cuestión: el que no tiene el poder, no se da cuenta que uniéndose a sus pares tiene todo el poder. Todo.

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Ahora sé mejor cómo se explica mi simpatía con los estudiantes que se ratearon masivamente: ellos llevaron a la práctica esa idea de Flake que tanto me maravillaba; se pusieron de acuerdo y, al menos por un día, les dijeron a todas las autoridades a las que deben responder que no harían lo que debían. Simplemente porque sí. Y no había ninguna manera de evitarlo. Ellos les dijeron en la cara a sus padres, maestros y directores que no irían a la escuela al día siguiente, que mejor se iban a una plaza; a jugar a las cartas, a la pelota, a la botellita, o a chupar vino y fumar porro. Los alumnos torcieron el brazo de la autoridad con el arma de la unión. Y no hubo ninguna manera de impedírselos; las caras de los más recalcitrantes amantes de la ley y la tradición explotaron de furia y se ahogaron en gritos que clamaban represión a tamaña insubordinación. Pero no pudieron más que eso, que ahogarse en sus impotencia. Los pibes aprendieron y enseñaron que el que no tiene el poder, si se une a sus pares, lo tiene. Ahora sé mejor, también, porque tengo grabado inconscientemente el popular canto que dice que el pueblo unido jamás será vencido.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Un papá que no se esconde

Sebastián es alto y de pelo largo. Y lento, muy lento; hace todo con una tranquilidad increíble. Hace unos días, como tantas veces, se vio en una situación que requería velocidad y, desacostumbrado, intentó hacer rápido: tenía que agarrar la plata del lugar en el que la esconde, arriba del aire acondicionado, para pagar el alquiler del local que tiene en una galería. Acomodó una silla, se subió y cuando estaba retirando el dinero tambaleó y se cayó al piso, lastimándose fuertemente una de sus piernas. Quedó tendido unos largos minutos en el piso revolcándose del dolor, contó después. Y también quedó cojo: los días siguientes, caminaba como rengo arrastrando una de sus piernas, haciendo fuerza. Los amigos de la galería con los que charla a diario, y del barrio, que son muchos, le preguntaban qué le pasó y cuando escuchaban la historia se mataban de risa. Él está acostumbrado a que sus cosas causen gracia. Sebastián es un tipo muy rico, con una capacidad sin intención para hacer reír que encanta.

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El sábado lo fuimos a visitar a Sebastián a su local, le caímos con unas birras sobre la hora de cierre. Nos reímos y recordamos otra vez su caída y su renguera. Le propusimos hacer un vacío en su parrilla y aceptó, así que de la galería nos fuimos a su casa, a la terraza. Rengo, con toda la semana de trabajo sobre sus espaldas, se sentó al costado del fuego, a esperar por la rica carne asada y al fin descansar un poco. Pero cayó su pequeña hijita y le pidió que jugaran a la escondida; entonces el cojo se puso de pie, mientras la nena empezó a contar con los ojos cerrados pero haciendo trampa porque espió hacia dónde iba su papá. Y él corrió arrastrando su maltrecha pierna hasta algún escondite; cuando terminó la cuenta, rápidamente la tramposa fue hasta el lugar y salió disparada para sentenciarlo contra la pared de origen; Sebastián corrió como cuando nene detrás de ella pero, por supuesto, no pudo llegar antes por culpa de su cojera. Sebastián no se dio cuenta, entonces, que no sólo su hija lo veía como un héroe, con ojos de admiración y veneración.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Tal cual es

Si las puertas de la percepción
quedaran depuradas,
todo se habría de mostrar al hombre
tal cual es: infinito.

William Blake

miércoles, 27 de octubre de 2010

Líder, caudillo, inolvidable

Me acuerdo aquella tarde del 25 de mayo de 2003 en que asumiste. Estaba con mi familia en la casa de mi tío en Boulogne; mi tío, un conservador hecho y derecho, sufría las consecuencias de la crisis: había vendido su casa en La Horqueta para jugarse a todo o nada con su negocio y se fue a alquilar ahí, a cinco o seis cuadras de la estación de tren. Todos estábamos ilusionados con lo que podías hacer por el país, supongo que fundamentalmente porque era difícil que venga alguien peor, porque la esperanza es lo único que nos quedaba o, simplemente, porque no te conocíamos y la idealización tiraba para arriba. Yo, en silencio, tenía un motivo más para contentarme con la idea de un futuro bajo tu presidencia: Fidel Castro te había ido a ver asumir. Y mi espíritu zurdito, que me llevó a usar barba apenas me empezó a crecer, se regocijó de felicidad. Desde que me metí con la cuestión de la política me tiró ese bando: el de los que están con el pueblo y contra los que están contra el pueblo. El pueblo es el obrero; el resto no es pueblo. Son una manga de hijos de puta, que ahora ríen felices porque no estás más. ¿Cómo no abrazar la causa y lucha de un líder que se puso de nuestro lado? Y del país: siempre lo pensé, que un gobierno debe ser fiel a su pueblo y a su país. Lo opuesto es poner sobre primer orden los intereses de la oligarquía. Con una mano en el corazón, se sabe que vos estabas del lado del pueblo. Y si no, ¿quiénes lloran y quiénes festejan tu partida?

El país salió adelante, nos olvidamos de todo lo que era Argentina en 2001 y antes de tu llegada. Mi tío salió adelante, por ejemplo: su negocio funcionó y funciona más de lo que él esperaba. Tanto que pudo comprarse nuevamente una casa y más de un auto. Y su casa es un lujo, eh. Y se lo merece mi tío: es un gran tipo, un gran luchador. Pero, qué pena, su prejuicio ideológico siempre lo hace repetir que te odia. Bueno, ahora será que te odiaba. Así somos todos, parece, nos cuesta esa parte de ser agradecidos a pesar de. Yo voy a estar eternamente agradecido a tu persona y tu paso por estas tierras como conductor y líder. Esa es la figura política en la que yo creo: el líder, el caudillo. A los de nariz levantada no les gustan los caudillos; es que, por lo general, estos son padres del pueblo y hablan a los gritos y se pelean con los malos. No se puede ser presidente sin huevos. A vos te sobraron, como para hacer descolgar los cuadros de Jorge Videla y Roberto Bignone del mismísimo Colegio Militar. Para ponerle nombre y apellido a los que fogonearon dictaduras y fines premeditados de gobierno. Unir a los países de América del Sur y promoveer la distribución de la riqueza en favor de los obreros. Ponerle los puntos a los supuestos buenos prestamistas internacionales. "Dicen que me peleo mucho, compañeros, pero no es cierto: yo, nada más, negocio poco con ciertos intereses", te supiste explicar y definir mejor que nadie.

Estuve media hora mirando la pantalla que informaba que estabas muerto. Sin habla; por más que quería decir algo, no podía siquiera abrir la boca. Siento hasta que no estuve respirando incluso. En mi interior, no me sorprendió tanto como al resto: no sé por qué, pero últimamente no te había visto bien en tus apariciones públicas; como que te faltaba un color y, también, un poco de esa crispación que tanto admiro. Hay una cosa que no te voy a poder perdonar, pero es así. En 2011, te iba a ver asumir otra vez la presidencia de Argentina. Pero esta vez en vivo y en directo, ahí: iba a ir con un amigo. Iba a ser la primera vez que iba a una asunción presidencial. Estaba ilusionado con verte y oírte recibir nuevamente el amor de tu pueblo, otra vez como su líder y caudillo. Pero te fuiste antes y me privaste de ese sueño, para siempre. Hoy, el cielo sumó justicia.