martes, 4 de enero de 2011

El cumpleaños de María


Nunca me gustaron mucho las fiestas en salones, ni las de los cumpleaños de quince ni las de los casamientos. Siempre que me tocó ir a una la pasé, desde que entraba, con un ojo en el techo y otro en el reloj, calculando cuánto faltaba para el próximo plato, el siguiente baile, para irme, haciendo fuerza para que todo suceda lo más rápido posible. Me quedó una cuenta pendiente de todos los cumpleaños de quince a los que fui: jamás la homenajeada me eligió para prender una de sus velas, en ese ritual de lágrimas que solía hacerse hacia el final de la velada. Acaso debí ser mejor amigo de mis amigas cuando fui adolescente. Tengo la sensación que, a excepción de los padres, todos los que prendieron una vela, después, desaparecieron por siempre de la vida de las quinceañeras que las elevaron a la categoría de amigas por siempre y hermanas de la vida hasta la eternidad. Tal vez, lo admito, esta idea sea propia del resentimiento que me genera no haber estado en ese lugar de privilegio.

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Una de las cosas que más me gusta de mi mujer es que no tiene una familia compuesta por centenares de personas; no tiene cincuenta y ocho primos, treinta y dos tíos y diez abuelos que todos los fines de semana cumplen años, se casan o se van a vivir a Europa. Así, los compromisos del estilo se ven reducidos a ninguno. Salvo por alguna que otra excepción, a la que teniendo en cuenta su categoría de excepción no hay excusa que valga. Mi mujer nunca me dice que este domingo al mediodía hay que ir al cumpleaños de la tía Claudia que lo festeja con una raviolada en Pacheco, a la tarde hay que ir a ver el partido de básquet que juega el primito Ezequiel en Temperley y a la noche hay que ir a la obra de teatro en la que actúa el sobrino del abuelo Héctor en San Telmo; por eso, cuando me avisó casi con diez meses de anticipación que su abuela cumplía ochenta años y lo festejaría en un salón de fiestas y debía asistir sí o sí no había forma de negarse; al contrario, considerando el excepcional compromiso, acepté con gusto. Además, como escribió Hernán Casciari, es imposible excusarse ante un compromiso con diez meses de anticipación.

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Conocí a María, la abuela de mi mujer, una tarde de primavera hace un par de años. Ella vive en Lavallol, con su hermana que está media pirucha. Esa vez nos recibió con mucho amor, y con mucha y rica comida: sánguches de miga, masas y alfajores. Sacó fotos de varias décadas de antigüedad, que despertaban anécdotas sin cesar. Una de un locutor del que estuvo perdidamente enamorada y al que escribía cartas apasionadas, que eran correspondidas por él. En ese entonces, noté en los ojos de María un brillo como de llanto contenido que despertó mi curiosidad; unas lágrimas calladas como su corazón que sugerían que ella no decía todo lo que tenía para decir. La advertí dueña de silencios que vaya a saber qué callaban.

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Finalmente pasaron los diez meses y llegó el sábado del cumpleaños de María; antes --en principio una vez cada treinta días y sobre el final una o dos veces por semana-- mi mujer me fue recordando que esa noche no podía asumir ningún compromiso sino el del festejo de su abuela. No era obligatorio pero decidí ir de traje; pantalón de vestir, camisa fina, corbata, saco. Quería estar impecable para la nona; lástima que salí apurado y me olvidé el cinturón, cosa que tiró por la borda toda mi pretendida y desacostumbrada presencia. Llegamos al salón después de un viaje de hora y media; el evento era en su barrio, Lavallol, y nosotros salimos desde Caballito, donde vive la mamá de mi mujer, con quien fuimos. Y su hermana, mi cuñada. El salón era sencillo y los mozos parecían sacados de un túnel del terror de parque de diversiones, pero la emoción de un cumpleaños como este me provocó una percepción de lo más tierna sobre todo; lentamente, caían al lugar viejos muy viejos, con sus nombres y sus estilos del siglo pasado, y la noche se hacía más especial. Como una estrella, María se hizo desear casi dos horas: una vez que ya estábamos todos, el salón totalmente repleto, comenzaron los rumores de que haría su ingreso; rápidamente, se formó una ronda expectante en torno a la escalera por la que surgiría, se apagaron las luces, se soltaron los globos, se empezó a escuchar alguna canción sensiblera y comenzó a dejarse ver, a subir despacio hacia el centro de la escena. Parientes de aquí y allá se peleaban por besarla, abrazarla, decirle feliz cumple. Y ella, por primera vez en la noche, dejó de ser una mujer de llanto contenido y dejó ser lágrimas al brillo de sus ojos.



Rápidamente, comencé a hacer lo que mejor hago: emborracharme. Servían Quilmes, con un frío para el aplauso. ¿Podrá creerse que en un cumpleaños de este estilo hubo problemas de ego por quién se sentaría en la mesa principal? Para colmo, la diva que protestó por tener un lugar al lado de la abuela en vez de hablar con la nona y entretenerla no le dio pelota. Triste, yo miraba cómo María pasaba en silencio los primeros momentos de su noche. Pero por fortuna no tardó mucho en hacer que cada mesa fuese la principal, moviéndose por todas, compartiendo un rato con cada grupo. Y a la diva, fea, la luz dejó de apuntarle.

Había un tipo, que creo que era un vecino, que era igual a Alejandro Urdapilleta; estaba vestido de lo más llamativo, con traje pero en vez de con camisa con una remera roja furiosa que tenía un gran signo de interrogación en el medio. Apenas empezó el baile, no tardó en convertirse en el alma de la fiesta. Gracias a él, por cierto, tuvo lugar un número de canto a cargo de un amigo suyo. Éste cantó algunos boleros y algunos tangos; irrespetuoso, llamó a María a su lado y la miró a los ojos entonándole "Algo contigo". También le cantó "A mi manera". Justamente, "A mi manera" fue la canción que acompañó un video que preparó la familia de la nona, con imágenes de toda su vida; su infancia, su juventud, su adultez, su hoy. El momento de la proyección de este video, sin dudas, fue de lo más lindo de la velada.



Cuando llegó el turno del famoso carnaval carioca, me hallé sentado con un festivo gorro de plástico sobre la cabeza, una copa de champagne en una mano y una matraca en la otra, mirando cómo todos bailaban. En particular, mirando cómo bailaba la hermana de María, esa que está media pirucha y que vive con ella. Había que verla cómo revoleaba la matraca al tiempo que movía el esqueleto y hacía soplar un silbato. Y eso que tiene más de ochenta; debe tener como noventa más o menos. Y tanto me perdí en mirarla, admirar su manera de divertirse que la atraje, porque cuando menos lo pensé la tenía delante de mí, como agitándome, como convocándome a la fiesta, como enseñándome; moviendo delante de mis narices su diminuta y arrugada figura, sacudiendo la matraca en torno a mis ojos, soplando el silbato contra mi cabeza. Dándome una lección de juventud.

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Le costó a María soplar las velitas; no porque no tuviera aire suficiente sino porque vaya a saber qué pensamientos la paralizaron frente a esos fuegos flacos. Simplemente se quedó meditativa frente a ellas, frente a la torta. Y se resistió a soplar. Aunque ya habíamos cantado como tres veces el feliz cumpleaños, ella no cumplió su parte del ritual. Tal vez no terminaba de decidirse por sus tres deseos. O quizás se dio cuenta como nunca antes que estaba cumpliendo ni más ni menos que ochenta, y le dio miedo. Pero tranquila, María, algo me dice que en diez años mi mujer me estará avisando con diez meses de anticipación que habrá un sábado por la noche que tendré que reservar sin excusas.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Consejos

Mire a su perro a los ojos, fijamente. Preste atención a esa composición misteriosa que tienen esos círculos de color negro, blanco, marrón. Brillosos, húmedos y peludos. Observe con detenimiento esa mueca sincera, ese interior honesto, ese contenido puro que enseñan. Ahora fíjese en los dientes, blancos, filosos; note la relación perfecta, armoniosa que lleva con la lengua. Advierta el largo de esa carne roja y ahogada en saliva, que se desborda inevitablemente de sus fauces y denuncia escandalosamente agitaciones, ansiedades, sedes. Mire esos bigotes, con esas canas firmes. Preste ojos a esas orejas de oso de peluche, grandes y efectivas como si fuesen de un héroe de fantasía. Observe esa nariz dura, con su puntita de textura increíble, con esos dos agujeritos que purifican aire e hinchan y deshinchan pulmones. Levante la mano y --si usted es bueno como perro-- él no temerá sino que esperará con sumisión que, luego, la baje sobre su nariz, sus orejas o sus pulmones y lo acaricie suave y largamente. Huela el olor de su perro. Al igual que los bebés y los abuelos, los perros tienen su olor. Al igual que los bebés y los abuelos, los perros son inocentes. Si usted es bueno como perro, olerá un perfume para el recuerdo. Juegue un poco con su perro, molestándolo: agárrele una pata, agárrele la cola. Un rato y después la suelta, un rato y después la suelta. Dele de tomar agua, dele de comer carne. Llévelo a la plaza. Hágalo correr junto a usted, hágalo caminar junto a usted. Siéntese en algún banco e invítelo a él a tomar asiento también. Preséntele algún perro que ande por ahí. Quédese en silencio, como él, y piense un rato en algo que nadie sabe qué es, como lo que hay en las mientes de su perro. Tírese un rato a su lado, cuando él está descansando. Acarícielo, sobre el lomo. Háblele de sus cosas. Dígale lo mucho que lo quiere. Y alguna noche de borrachera, cuando las leyes se trasgredan y la razón baje armas, acuéstese en su cama y llame a su perro; él acudirá de inmediato y esperará conocer el motivo de la convocatoria. Palmee el colchón un par de veces; su perro saltará feliz y --aún durmiendo como usted-- velerá su sueño como el mejor guardián que jamás haya tenido. Como su mejor amigo que es.



lunes, 13 de diciembre de 2010

La belleza de los puercos queridos

Esa tarde sucedió algo extraño en la rutina del hogar: llegué a casa antes que mi mujer. Entusiasmado, decidí sorprenderla recibiéndola con la cena lista. Con amor, como se debe cocinar, preparé la ensalada como sé que le gusta: pelé dos zanahorias, las corté en rodajas y las herví. También herví dos huevos. Lavé un tomate redondo grande y, lentamente, lo fui dividiendo. Del día anterior, en la heladera, quedaban lentejas que serían el último ingrediente. El plato principal sería filet de merluza, con limón: prendí el horno, puse una asadera con aceite y a cocinarlo. Cuando mi mujer llegó, efectivamente, logré sorprenderla no sólo con mi presencia sino además con el olor a comida lista. Nada como llegar a casa, después de toda la maldita jornada, y que alguien que te quiere te reciba con la comida lista. Como una madre. A veces no nos damos cuenta de lo poco que le agradecimos a nuestras mamás eso, creo. En mi caso en particular seguro: nunca le di las suficientes gracias a mi vieja por recibirme durante tantos años, cada mediodía que llegaba de la escuela, con el morfi preparado. Y la mesa puesta. Y encima uno que, cual Homero, se comía todo a toda velocidad en dos segundos. Tanto trabajo, tanto amor en la preparación para que un animal lo devore en un instante. Sin respirar, sin degustar. Y mirando la televisión. ¿Hay más amor que en aquellos que dan sin esperar, pero de verdad, recibir? Lo hacen porque quieren. Esa noche mi mujer deglutió el filet y la ensalada, y hasta tal vez eructó. Yo, feliz, la observaba con ojos amantes alimentarse.

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Recuerdo que mi papá solía no almorzar en el trabajo. Lo sigue haciendo, de hecho. Llegaba a casa por las noches fundido, y muerto de hambre. A la hora de la cena, mi mamá repetía toda la labor del mediodía pero para un comensal más. Como un chancho sin haber probado bocado en días, mi viejo se atragantaba con aquellos platos que no le duraban más que segundos. Solía insertarse trozos de comida más grades que el tamaño de su boca, llenarse de restos de aceite y salsa los labios, ahogarse con vino y disparar diferentes y desagradables ruidos de sus fauces. Mi vieja, furiosa, protestaba a los gritos que se comportara como un ser humano civilizado para comer y él, temeroso, pedía perdón y trataba de manejar sin éxito con más cuidado su apetito voraz. En ese entonces, yo estaba a favor de mi mamá: ¿cómo puede ser, viejo, que te comportes de esa manera?, pensaba.

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Recurrentemente, arribo a casa después del trabajo agotado. Con el peso de un día desperdiciado y la resaca de un viaje de martirio, con la cruz de un día más sin ser y haber "donado sangre al antojo de un patrón por un mísero sueldo", como cantó Claudio O´Connor en Hermética según escribió Ricardo Iorio. Entonces, la comida a veces me dura lo que un suspiro porque llego hambriento como perro. Lo mismo le sucede a mi mujer y a mi hermano. Lo mismo le pasaba, y le pasa, a mi papá. Hoy, que lo advierto, me cambio de bando y estoy a favor de mi viejo, cuando hace años mi vieja le pedía cordura y buenos modales a la hora de la cena. Y, es más, preparo una llamada telefónica: voy a invitar a comer a mi papá a casa mañana. Voy a preparar algo bien rico. O no: simplemente un bife con ensalada, como esos con los que se atragantaba otrora. Vino tinto barato y soda de sifón. Y un poco de pan. Y le voy a pedir que coma como chancho, que se ensucie hasta los cachetes de sangre de carne y aceite y vinagre de ensalada. Que sea ruidoso como puerco. Que me hable con la boca llena. Que se meta carne, ensalada, pan y mayonesa y vino y soda en la boca al mismo tiempo. Y lo voy a mirar, con amor, alimentarse. Bien ganado lo tenés, papá. Buen provecho.

martes, 30 de noviembre de 2010

Un sueño

Antes de quedarme dormido, deseé un sueño maravilloso; hallarme en lugares extraños, cruzarme con gente entrañable y hacer cosas raras. O, al menos, encontrarme en un sitio conocido y vivir algo normal pero teñido por la magia del misterio del sueño. Sabía que mi deseo podía llevarme a una experiencia de miedo, como tantas veces pasó, pero de cualquier forma tenía ganas de soñar algo, bueno o malo, pero soñar algo. Así, pensando en esto o aquello, después de decirle a mi subconsciente que me entregaba a su trabajo, empecé a roncar.

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Me encontré entre varios puentes, como los que se cruzan en la General Paz o en las autopistas, puentes que se elevaron sobre inmensidades de pasto para llevar autos y camiones de acá para allá. Estaba durmiendo junto a mi mujer, en una suerte de cueva de cemento que se había generado del lado de afuera de uno de los puentes. Estábamos durmiendo ahí para acortar los tiempos que teníamos entre que nos despertábamos y llegábamos a nuestros trabajos; al parecer, razonamos que si dormíamos directamente al costado de esos caminos perderíamos menos tiempo en arrancar rumbo a nuestros yugos. Algo así como evitar ir al baño a ducharse, lavarse los dientes, ponerse desodorante y caminar hasta el colectivo; algo así como directamente levantarse y estar ya en la parada del colectivo. Hacía frío, mucho; teníamos puestas nuestras camperas y dormíamos abrazados. Arriba de nuestras cabezas había un árbol enano, del que colgamos nuestras mochilas.

De repente aparecieron dos policías, mi hermano mayor y un testigo de un robo y golpiza a cargo de un ladrón de la zona. Así como así, en el ambiente aparecieron algunas casas también, todas herméticamente cerradas en esa madrugada sombría y helada. Nos pusimos de pie y como nuevos vecinos de la zona nos informamos de la situación; si alguien andaba robando y golpeando cerca a nuestra nueva cama, tal vez deberíamos volver a dormir en nuestra casa mejor. Por ahí no seríamos víctimas de hurtos y golpes, pero sí de ruidos que harían difícil conciliar el sueño. El testigo era un pibe flaco, de remera gris; era el muchacho que atiene un kiosco por el que paso a diario cuando voy hacia el trabajo. ¿Qué hacía ahí? ¿Y mi hermano mayor? Él sólo miraba todo, simplemente miraba.

Mi vista encontró entre los puentes una suerte de obelisco, en cuya punta había una pequeña superficie redonda; sobre ella, estaba parado un perro grande. El animal miraba hacia al frente y, apenas lo vi, saltó al vacío. Mientras caía, su expresión era de resignado suicida.

Surgió repentinamente el ladrón y golpeador buscado, saltando puentes, saltando todo el tiempo. Vestía un buzo con capucha rojo con alguna inscripción negra. Los policías, con calma y seguridad, nos pidieron que nos apartáramos para hacerse cargo; mi hermano y el testigo desaparecieron tranquilamente de la escena, para siempre. Con mi mujer nos corrimos un poco. Pero rápidamente, y tras apenas un par de certeros golpes, los policías cayeron rendidos. Saltamos desde los puentes, huyendo del temible encapuchado, y aparecimos en una avenida por la que estaba corriendo, también escapando, un grupo de personas. Algunas de ellas lastimadas, ensangrentadas. Nos unimos y, sin mirar atrás, corrimos.

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Desperté asustado. También contento con mi deseo cumplido. Aunque ahora que lo rememoro protesto porque, al parecer, para mi subconsciente soy un ciudadano más cuya máxima preocupación es la condición de víctima del flagelo de la inseguridad que nos mata a todos a diario, sin que nadie haga nada al respecto, y nos acosa y persigue hasta en los sueños.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Elogio de la rateada general

Voy a hablar mal de una profesora, de cuya hija hablé bien no hace mucho tiempo. Lo que me molesta de ella son sus clases, es decir que podría decirse que todo: llega, saluda, toma asiento, pregunta si estamos listos para empezar, agarra su cuaderno guía y comienza el dictado. Un dictado que dura ni más ni menos que toda la clase y cuyo contenido es exactamente el mismo, pero resumido, que está en los apuntes que conforman la bibliografía de la materia. Jamás ella podrá explicar algo con sus palabras, saliéndose del libreto; siempre versa sobre lo que tiene escrito en su anotador, sin salirse de ese mandato lineal, empleando inevitablemente todos los usos y términos y ejemplificaciones grabados a fuego en su rutina. Hace muchos años que es profesora, y no actualizó nunca ese anotador: todas sus clases, año tras año, siguieron sus líneas. Y sus alumnos, año tras año, pasan las horas simplemente combatiendo al sueño y preguntándose cómo es posible que una profesional de la enseñanza consiguiera el trabajo para el que se preparó y lo use sólo para dictar y dictar y dictar. A veces parece que hasta a ella misma le aburre su estilo; de vez en cuando se le escapa un bostezo o baja a tomar un café; siempre está mirando el reloj y termina con sus martirios varios minutos antes de lo que corresponde. Y, también, suele faltar bastante aunque esta es una costumbre que se agradece.

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Hacia mediados de año, la opinión pública tuvo como tema la rateada general, que comenzó en Mendoza con tres mil alumnos faltando a clase el 30 de abril. A través de Internet, esos miles de estudiantes de nivel secundario organizaron un faltazo sin antecedentes, que tuvo como destino la Plaza Independencia. Rápidamente, la idea consiguió propagarse a Córdoba, Santiago del Estero y La Rioja; también a Uruguay y, el punto más alto, a nivel nacional el 26 de mayo. Por supuesto, la opinión pública en su abrumadora mayoría condenó duramente la rateada y pidió mando dura para con estos pibes que hacen lo que se les antoja y no respetan nada ni nadie; ni a las instituciones ni a los directivos ni a los profesores ni a sus padres.



En ese entonces, en que el tema era la rateada general, la profesora que provoca más sueño que un Rivotril y que dicta más que enseña, extrañamente dejó de lado la rutina de clase y puso sobre la mesa la problemática sobre la que conversaba la sociedad. Y, de la mano con la opinión mayoritaria, expuso que era una barbaridad que todos los estudiantes del país faltaran a clases porque sí el mismo día y que nada ni nadie pudiera impedirlo; exigió sanciones de parte de directivos y retos de parte de padres. Dijo explícitamente que de un tiempo hasta nuestros días se perdió una medida sana de mano dura y, así, todo es un viva la pepa. Contó que cuando ella era chica a su papá lo trataba de usted y que si llegaba a organizarse con sus compañeras en la cara de su padre y de todos para ratearse se daba por muerta. Los alumnos, mientras escuchaban, le daban la razón y agregaban que además esto que se había generado no era ratearse porque el espíritu de esa picardía era hacerlo a escondidas de las voces de mando y no abiertamente, desafiando, burlando, provocando. Pero a mí me hacía ruido en las mientes tanto discurso de acuerdo con Eduardo Feinmann y Fernando Niembro; sentía simpatía con los adolescentes y su rateada masiva, porque me divertía mucho ver cuánta impotencia le generaba a las autoridades no poder hacer nada. Sin embargo, entonces no pude descubrir por qué simpatizaba con los estudiantes y tan sólo tomé la palabra en la clase para decirle a la profesora que yo no estaría tan seguro de condenar duramente a los alumnos por lo que sucedía y esgrimí alguna argumentación poco elaborada. Me ocurre muy seguido que las mejores respuestas caen a mí uno o dos días después, cuando sólo sirven para lamentarse por no haberlas pensado cuando las necesitaba.



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Ayer venía caminando hacia el colectivo, para irme a casa después del trabajo. Había sido un día difícil: mis superiores habían jugado varias veces su carta de poder para hacerme agachar la cabeza. Y, en esas ocasiones, la impotencia me carcome las tripas y quiero sangre, pero después me calmo. Al menos por ahora. De repente me acordé de las buenas ideas que tiene Flake, no sé por qué, pero así como así recordé cuando me contó de una historia que imaginó de un tipo que iba a un supermercado y agarraba las cosas que veía en los afiches de las calles y se las llevaba sin pagar no por hurto sino porque quería ser feliz y los afiches decían que eso era la felicidad y que era un regalo. Me acordé, antes de eso, en algo que tiene que ver con el asunto: él siempre me decía qué ocurriría si un día los empleados deciden no ir a trabajar. Todos los empleados del país, de todos los negocios. Porque sí. No por reclamar más sueldo, más vacaciones, mejor trato o lo que fuera. Porque sí. ¿Qué pasaría? Flake estaba poniendo sobre la mesa la cuestión: el que no tiene el poder, no se da cuenta que uniéndose a sus pares tiene todo el poder. Todo.

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Ahora sé mejor cómo se explica mi simpatía con los estudiantes que se ratearon masivamente: ellos llevaron a la práctica esa idea de Flake que tanto me maravillaba; se pusieron de acuerdo y, al menos por un día, les dijeron a todas las autoridades a las que deben responder que no harían lo que debían. Simplemente porque sí. Y no había ninguna manera de evitarlo. Ellos les dijeron en la cara a sus padres, maestros y directores que no irían a la escuela al día siguiente, que mejor se iban a una plaza; a jugar a las cartas, a la pelota, a la botellita, o a chupar vino y fumar porro. Los alumnos torcieron el brazo de la autoridad con el arma de la unión. Y no hubo ninguna manera de impedírselos; las caras de los más recalcitrantes amantes de la ley y la tradición explotaron de furia y se ahogaron en gritos que clamaban represión a tamaña insubordinación. Pero no pudieron más que eso, que ahogarse en sus impotencia. Los pibes aprendieron y enseñaron que el que no tiene el poder, si se une a sus pares, lo tiene. Ahora sé mejor, también, porque tengo grabado inconscientemente el popular canto que dice que el pueblo unido jamás será vencido.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Un papá que no se esconde

Sebastián es alto y de pelo largo. Y lento, muy lento; hace todo con una tranquilidad increíble. Hace unos días, como tantas veces, se vio en una situación que requería velocidad y, desacostumbrado, intentó hacer rápido: tenía que agarrar la plata del lugar en el que la esconde, arriba del aire acondicionado, para pagar el alquiler del local que tiene en una galería. Acomodó una silla, se subió y cuando estaba retirando el dinero tambaleó y se cayó al piso, lastimándose fuertemente una de sus piernas. Quedó tendido unos largos minutos en el piso revolcándose del dolor, contó después. Y también quedó cojo: los días siguientes, caminaba como rengo arrastrando una de sus piernas, haciendo fuerza. Los amigos de la galería con los que charla a diario, y del barrio, que son muchos, le preguntaban qué le pasó y cuando escuchaban la historia se mataban de risa. Él está acostumbrado a que sus cosas causen gracia. Sebastián es un tipo muy rico, con una capacidad sin intención para hacer reír que encanta.

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El sábado lo fuimos a visitar a Sebastián a su local, le caímos con unas birras sobre la hora de cierre. Nos reímos y recordamos otra vez su caída y su renguera. Le propusimos hacer un vacío en su parrilla y aceptó, así que de la galería nos fuimos a su casa, a la terraza. Rengo, con toda la semana de trabajo sobre sus espaldas, se sentó al costado del fuego, a esperar por la rica carne asada y al fin descansar un poco. Pero cayó su pequeña hijita y le pidió que jugaran a la escondida; entonces el cojo se puso de pie, mientras la nena empezó a contar con los ojos cerrados pero haciendo trampa porque espió hacia dónde iba su papá. Y él corrió arrastrando su maltrecha pierna hasta algún escondite; cuando terminó la cuenta, rápidamente la tramposa fue hasta el lugar y salió disparada para sentenciarlo contra la pared de origen; Sebastián corrió como cuando nene detrás de ella pero, por supuesto, no pudo llegar antes por culpa de su cojera. Sebastián no se dio cuenta, entonces, que no sólo su hija lo veía como un héroe, con ojos de admiración y veneración.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Tal cual es

Si las puertas de la percepción
quedaran depuradas,
todo se habría de mostrar al hombre
tal cual es: infinito.

William Blake

miércoles, 27 de octubre de 2010

Líder, caudillo, inolvidable

Me acuerdo aquella tarde del 25 de mayo de 2003 en que asumiste. Estaba con mi familia en la casa de mi tío en Boulogne; mi tío, un conservador hecho y derecho, sufría las consecuencias de la crisis: había vendido su casa en La Horqueta para jugarse a todo o nada con su negocio y se fue a alquilar ahí, a cinco o seis cuadras de la estación de tren. Todos estábamos ilusionados con lo que podías hacer por el país, supongo que fundamentalmente porque era difícil que venga alguien peor, porque la esperanza es lo único que nos quedaba o, simplemente, porque no te conocíamos y la idealización tiraba para arriba. Yo, en silencio, tenía un motivo más para contentarme con la idea de un futuro bajo tu presidencia: Fidel Castro te había ido a ver asumir. Y mi espíritu zurdito, que me llevó a usar barba apenas me empezó a crecer, se regocijó de felicidad. Desde que me metí con la cuestión de la política me tiró ese bando: el de los que están con el pueblo y contra los que están contra el pueblo. El pueblo es el obrero; el resto no es pueblo. Son una manga de hijos de puta, que ahora ríen felices porque no estás más. ¿Cómo no abrazar la causa y lucha de un líder que se puso de nuestro lado? Y del país: siempre lo pensé, que un gobierno debe ser fiel a su pueblo y a su país. Lo opuesto es poner sobre primer orden los intereses de la oligarquía. Con una mano en el corazón, se sabe que vos estabas del lado del pueblo. Y si no, ¿quiénes lloran y quiénes festejan tu partida?

El país salió adelante, nos olvidamos de todo lo que era Argentina en 2001 y antes de tu llegada. Mi tío salió adelante, por ejemplo: su negocio funcionó y funciona más de lo que él esperaba. Tanto que pudo comprarse nuevamente una casa y más de un auto. Y su casa es un lujo, eh. Y se lo merece mi tío: es un gran tipo, un gran luchador. Pero, qué pena, su prejuicio ideológico siempre lo hace repetir que te odia. Bueno, ahora será que te odiaba. Así somos todos, parece, nos cuesta esa parte de ser agradecidos a pesar de. Yo voy a estar eternamente agradecido a tu persona y tu paso por estas tierras como conductor y líder. Esa es la figura política en la que yo creo: el líder, el caudillo. A los de nariz levantada no les gustan los caudillos; es que, por lo general, estos son padres del pueblo y hablan a los gritos y se pelean con los malos. No se puede ser presidente sin huevos. A vos te sobraron, como para hacer descolgar los cuadros de Jorge Videla y Roberto Bignone del mismísimo Colegio Militar. Para ponerle nombre y apellido a los que fogonearon dictaduras y fines premeditados de gobierno. Unir a los países de América del Sur y promoveer la distribución de la riqueza en favor de los obreros. Ponerle los puntos a los supuestos buenos prestamistas internacionales. "Dicen que me peleo mucho, compañeros, pero no es cierto: yo, nada más, negocio poco con ciertos intereses", te supiste explicar y definir mejor que nadie.

Estuve media hora mirando la pantalla que informaba que estabas muerto. Sin habla; por más que quería decir algo, no podía siquiera abrir la boca. Siento hasta que no estuve respirando incluso. En mi interior, no me sorprendió tanto como al resto: no sé por qué, pero últimamente no te había visto bien en tus apariciones públicas; como que te faltaba un color y, también, un poco de esa crispación que tanto admiro. Hay una cosa que no te voy a poder perdonar, pero es así. En 2011, te iba a ver asumir otra vez la presidencia de Argentina. Pero esta vez en vivo y en directo, ahí: iba a ir con un amigo. Iba a ser la primera vez que iba a una asunción presidencial. Estaba ilusionado con verte y oírte recibir nuevamente el amor de tu pueblo, otra vez como su líder y caudillo. Pero te fuiste antes y me privaste de ese sueño, para siempre. Hoy, el cielo sumó justicia.

martes, 26 de octubre de 2010

Shakira hace salir el sol

Argentina tiene veintitrés provincias y también a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Argentina tiene una extensión de casi tres millones de kilómetros cuadrados. Argentina tiene más de cuarenta millones de habitantes. En alguna de sus provincias, o su capital, y en alguno de sus kilómetros cuadrados, tiene que haber otro entre sus cuarenta millones de habitantes que sea como yo, en un punto en particular. Este punto en particular es el siguiente: me gusta Shakira. Para que se entienda mejor: me gusta la música de Shakira. Y para ser sincero: me gustan las dos cosas, Shakira y su música. Lo primero es de lo más común; es una mujer y, es sabido, los parámetros de exigencia de los hombres no son altos así que de seguro a la mayoría de los hombres del país les gusta la colombiana. Aunque una vez leí por ahí que uno escribió, despectivamente, que a Shakira la soltás en Once y no la encontrás nunca más. Lo segundo ya es materia de polémica: que te guste Shakira, si sos varón, cerca de los treinta y tenés remeras de Almafuerte y Divididos, resulta repudiable. La acusación general apunta a poca hombría, es decir que es de puto que te guste Shakira; en todo caso, pienso yo, deberían acusarme de mucha pasión por la masturbación. De cualquier forma, sería una injusticia.



Empecé a escuchar a Shakira hace mucho tiempo; así como con Los Piojos, la conocí en su momento de explosión, cuando "Ciega, sordomuda" sonaba mañana, día, tarde, noche y madrugada por todos lados. Luego pasó lo mismo con "Inevitable" y "Ojos así". Era 1998 y el disco "¿Dónde están los ladrones?" era furor: fue el más vendido de todos los que hizo, en español. Acaso pueda justificarme porque, entonces, tenía apenas doce años. No podía dejar de mirar su famoso MTV Unplugged, que hizo un año después: recuerdo que tenía el pelo rojo sobre su morocho de siempre y vestía unos pantalones de cuero que me generaron, por decirlo cordialmente, cuantiosas fantasías. Aquella fue la versión de ella que más me gustó: no me hace falta buscar fotos para recordarla con su remera marrón y sus colgantes y su cara tierna y rellenita. Me enamoré. Una noche de ese entonces vino a casa una amiga de mi mamá con su hija y, en una ocasión tan extraña que hoy recuerdo, nos cantaron algunas canciones de Shakira que tenían anotadas en un cuaderno. No me acuerdó por qué y cómo era que andaban por ahí con cuadernos con acordes y letras de Shakira pero así fue. Nos cantaron algunas muy conocidas pero que yo no conocía, como "Pies descalzos" y "Estoy aquí"; por supuesto, también "Inevitable". Nunca más las volví a ver; mi vieja se peleó o simplemente se dejó de ver con esa amiga. Su hija era más linda que Shakira incluso.

Sin embargo, rápidamente, también como me pasó con Los Piojos, dejé atrás a Shakira y le perdí el rastro. Año y medio me habrá durado. No me enteré de las canciones de sus discos siguientes más que por los videos que pasaban por MTV y ninguna me despertó mayor interés como para conseguir a sus compañeras. Además, y fundamentalmente, llegué por casualidad a Molotov y cambié de camino.

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Hará cuestión de un año, no recuerdo en qué circunstancia ni movido por qué motivaciones, me encontré de repente bajando discos de Shakira que nunca había escuchado, es decir, todos menos "¿Dónde están los ladrones?". Ya sé, en realidad, cómo ocurrió que me puse a buscar su discografía: el anuncio del disco "Loba" llamó mi atención, pero como el tema de promoción no me gustó me surgió buscar otro material de ella. Así, me vi encantado descubriendo hermosas canciones en su viejo "Pies descalzos", como "Antología", "Quiero", "Te necesito" y "¿Dónde estás corazón?". Y también otras de la nueva época que me gustaron mucho: puntualmente, las que están en su disco doble en castellano e inglés de la etapa de Fijación Oral. Por ejemplo "Don´t bother", "Hey You", "Timor", "Escondite inglés", "En tus pupilas", "Las de la intuición". Otra cosa que disfruto mucho es verla en vivo: de vez en cuando busco por YouTube recitales de ella y los miro. Son geniales.



"Loba" es muy alejado a lo que me gusta de Shakira, está bien hecho, sí, pero no es de mi predilección. Salvo por "Spy", "Men in this town", "Mon Amour" y "Gypsy". Ahora estoy más entusiasmado con "Sale el sol", que desde que empieza, con el tema que da nombre al disco, muestra otra cosa que, de inmediato, retrotrae a los tiempos de "Pies descalzos". En esa misma sintonía, de melodías dulces, hay más canciones por suerte: "Antes de las seis", "Lo que más" y, la más linda, "Mariposas". También hay temas rockeros, que le salen y quedan muy bien, como "Devoción" y "Tu boca". Un amigo heavy pero educado piensa, por supuesto, que la música de Shakira es basura comercial pero reconoce que sus productores eligen bien a los músicos que la acompañan.

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En un momento determinado, Shakira dejó de ser una simpática y tierna colombiana que hacía sus canciones con guitarra acústica y tenía orígenes árabes para convertirse en un fenómeno de alcance mundial, rubio y posible de comercializar como pedazo de carne deseable por el mercado que se nutre de la masturbación voraz. Fue imprescindible, para ello, hablar y cantar inglés y provocar más en cuanto a lo sensual; teñirse de rubio acaso fue dar un poco más de lo necesario. A partir de entonces, lo superficial se abrió plano y discutió a lo que importa. Tal vez sea cierto, y hasta seguramente lo sea, que Shakira es basura comercial como piensa mi amigo heavy. Pero yo pienso distinto, ¿qué le voy a hacer? En realidad, siento distinto, y se sabe que los sentimientos no siempre coinciden con los pensamientos.

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Mucho antes del último Mundial, planeé un crimen perfecto: me guardé mis vacaciones para la fecha del mismo, diciéndole a mis jefes que esta vez quería descansar en invierno. Cuando, efectivamente, llegó Sudáfrica 2010 y se encontraron con que yo no estaba más en mi puesto de trabajo comprendieron que el Mundial no lo verían conmigo. Yo pasé las mejores vacaciones, mirando mañana, día y tarde absolutamente todos los partidos de lo mejor que tiene el fútbol, que son sus mundiales. Y, como si fuera poco, conté con la compañía fiel y diaria de Shakira.